La mirada y la interpretación de Oscar Andrés De Masi, arqueógrafo

martes, 16 de julio de 2024

MEMORIAS DEL PASADO RURAL DE LOMAS DE ZAMORA

Un escueto aviso publicado en Los Debates el 2 de junio de 1852, apenas cuatro meses después de la caída del gobierno de don Juan Manuel de Rosas, da cuenta de aquel pasado rural, como poblado de campaña que aún no alcanzaba su autonomía municipal. El aviso pertenece a la colección de impresos antiguos de OADM.






viernes, 12 de julio de 2024

150 AÑOS DEL TEMPLO METODISTA DE LA AVENIDA CORRIENTES

Por Oscar Andrés De Masi

Para Viaje a las Estatuas, julio 2024

 


Marco histórico:

 

Para ubicar a los ritos protestantes en el cuadro del desenvolvimiento histórico de la Argentina en el siglo XIX, partimos de la afirmación de Antonino Salvadores, en el sentido de que “el Protestantismo, que en 1810 carecía de significación social, en 1830 aparecía como una fuerza respetable…”.

 

Ciertamente, los nuevos aires liberales que soplaron desde la Revolución de Mayo y, especialmente, en la época de Rivadavia (cuando se firmó el Tratado de Amistad y Comercio con Gran Bretaña), atrajeron al Río de la Plata a migrantes de naciones y ciudades en las cuales el Catolicismo Romano no era ni la religión oficial ni la mayoritaria. Se agrietaba, de este modo, la unidad monolítica del culto virreinal, atada al régimen del Patronato regio y la fuerte unidad entre los poderes civil y eclesiástico.

 

En el contexto de la gobernación de don Juan Manuel de Rosas, fue fundada en Buenos Aires, en el año 1836, la primera congregación de metodistas, por el pastor norteamericano John Dempster. Al comienzo fue una iglesia de colectividad angloparlante (The Methodist Episcopal Church in BA), y su predicación y culto se oficiaban en idioma inglés para satisfacer las demandas de etnicidad de los residentes o los visitantes norteamericanos, que no eran pocos por aquel entonces.

 

Es un dato curioso, que debe remarcarse, el hecho de que desde 1821, ya antes del establecimiento del primer lugar de culto metodista, se utilizara su ritual funerario en el primer Cementerio Protestante de Buenos Aires, según la ya clásica crónica titulada Cinco años en Buenos Aires por un inglés.

 

El primer lugar de culto público metodista se ubicaba, desde 1842, en la calle Cangallo (hoy Presidente Perón), frente al paredón lateral de la Iglesia de la Merced. Fue el tercero de los templos protestantes que se levantaron en Buenos Aires, precedido por las iglesias anglicana y presbiteriana.

 

Los registros de Bautismos, Matrimonios y Entierros que comenzaban a aumentar, fueron debidamente organizados y hasta duplicados con datos adicionales por el pastor William Norris, llegado desde Montevideo, precisamente, en 1842.

 

Uno de los primeros bautizados fue William Henry Hudson, nacido en la chacra de “los 25 ombúes”, en el partido de Quilmes, el 10 de octubre de 1841. Más tarde, este párvulo llegaría a ser un importante escritor y naturalista.

 

Años después, el pastor Dr. William Goodfellow mantuvo lazos estrechos con Sarmiento (cuyas simpatías por la cultura política y la educación en Norteamérica son conocidas), y fue comisionado por éste, en 1868, para contratar maestras norteamericanas en los Estados Unidos de Norteamérica. También propició la instalación de la American Bible Society, una de las principales sociedades difusoras de Biblias con objetivos misioneros; y fue el responsable de la formación de dos de los mayores artífices de la obra misionera metodista posterior: John Francis Thomson y Guillermo Tallon.

 

Es un hito remarcable el 9 de junio de 1867, cuando Thomson inició la prédica en idioma castellano, que resultó sumamente atractiva y alcanzó a colmar los servicios. Fue el primer culto disidente que adoptaba el idioma local para la predicación. Ello favoreció su expansión en diversas partes del territorio nacional y entre los sectores populares.

 

 

El segundo templo de la Primera Iglesia Metodista

 

En ese proceso de desarrollo de la Congregación germinó la idea de la construcción de un templo más apto para las nuevas necesidades y representaciones simbólicas, en reemplazo del mencionado primer lugar de culto en la calle Cangallo. Si bien la comunidad se mudó en 1872 a Corrientes n.º 718, como el templo no estaba concluido, debieron celebrarse los cultos en el salón parroquial.

 

El diario El Nacional del 27 de abril de 1872, en su página 2, señalaba que debido a la delicadeza de los trabajos restantes (se refiere a la talla y los encastres de la cubierta de madera) la obra iba a demorarse aún por más tiempo, como de hecho así fue.

 

Es tradición que la construcción de la armadura del techo fue auxiliada por carpinteros-marineros daneses de paso por Buenos Aires o varados en este puerto.

 

Con este techo, se honra acabadamente el ya conocido dictum del crítico Nikolaus Pevsner, en el sentido de que el esplendor y la riqueza estructural de las iglesias parroquiales neogóticas inglesas vienen dados por aquellos techos de madera trabajada, que hoy lucen como tan identitarios.

 

Pero el empuje de esa cubierta provocó inmediatamente grietas en los muros, que debieron consolidarse mediante los corpulentos contrafuertes que se observan en la misma fachada y que refuerzan exteriormente la maciza impronta neogótica del edificio.

 

En cualquier caso, la preservación de esta armadura que he de rotular como hammer-beam-roof  (con el empleo visible del arco gótico a modo de hammer-brace y otras piezas estructurales como braces, rafters, collars, side-posts, collar-braces y upper collar) se postula como una nota de autenticidad del edificio.

 

El templo pudo, finalmente, ser dedicado el 1.º de marzo de 1874, vale decir, hace ciento cincuenta años, cuando la calle Corrientes era angosta. La autoría proyectual permanece como incógnita, aunque ha sido atribuida por la Prof. Ofelia Manzi, de modo provisorio, a Enrique Hunt. Alberto De Paula, por su parte, no arriesgaba ninguna hipótesis, salvo que el autor sería un arquitecto británico.

 

 

Notas estéticas del edificio del templo

 

Exterior

Realizada en lenguaje neogótico, la particularidad de su fachada (si la comparamos con el anterior templo protestante neogótico porteño, que es la Iglesia Alemana de la calle Esmeralda) es su asimetría, toda vez que a la derecha del observador se alza una esbelta torre que remata en una aguda flecha coronada por una cruz de hierro. Esta torre, consistente con la tendencia verticalizante y monumental del conjunto es, además, una rareza, porque fue la primera que se autorizó para un templo protestante, siendo que sólo las iglesias católicas romanas podían ostentar torres.

 

El Arq. Alberto S. J. de Paula (primer historiador de la arquitectura que se ocupó de los templos protestantes en el Río de la Plata) ha señalado que las faldas de la flecha que se interpenetran con el volumen de la torre, dan a ésta una pureza estilística y un sentido de verticalidad poco frecuentes en este tipo de campanarios, tratados con frecuencia como una virtual yuxtaposición de un cono sobre un prisma.

 

Si comparamos el estado actual de la torre con fotos antiguas, veremos que en lugar del óculo cuatrifoliado del gablete de la torre, existía un ventanuco de silueta ojival.

 

En el centro del muro de la fachada, rematado su gablete por una cruz latina nimbada (diferente de la cruz original, más elongada), existe un bello y monumental ventanal de contorno ojival, de tres paños de vitral lanceolados; y se ubicó otro, similar, en el contrafrente. Arcos apuntados con relieve de molduras enmarcan el conjunto de la fenestración y acentúan la direccionalidad vertical. Por encima del vitral, una pequeña abertura ojival encierra un trifolio, calado de manera semejante a una tracería. Por alguna razón, en intervenciones muy posteriores, ese ventanuco se ha despojado de su alféizar saliente, aunque conservó las molduras de su contorno con función de dripstone o weather-moulding.

 

El gablete principal está acompañado por una orla paralela a la inclinación de la cubierta, donde se suceden pequeños crochets, lo mismo que en los gabletes menores de los pináculos, que carecen de esos característicos adornos en sus clivajes, aunque exhiben un curioso fleurón a modo de finial. Pero la comparación del estado actual de la fachada con imágenes de época permite observar su ausencia en el momento original. También difiere, según las fotografías antiguas, el ápex el frontón-gablete mayor, que ahora es una ojiva-peana para la cruz de coronamiento, y antes, era un cuerpo escalonado. En cualquier caso, las intervenciones posteriores parecen haber adosado la moldura de contorno del gablete sobre el plano preexistente.

 

También es remarcable la plasticidad que aportan los dos porches de escasa profundidad, adosados al frente como cuerpos salientes, y que marcan los accesos laterales al edificio. Se los ha cerrado con rejas de seguridad.

 

Una hermosa verja de hierro forjado, formando paños entre pilares con pináculos góticos, delimita el predio respecto de la línea municipal. La reja, original, viene decorada y rematada con motivos medievalistas florales de tono victoriano y gran belleza, sobre una cinta a modo de zócalo, donde se reiteran los cuatrifolios.

 

Es llamativa la escalinata central de peldaños de mármol, que adopta la forma de un crepidoma con gesto curvo. A ella se accede por un umbral central de dos escalones de mármol. Estos elementos se conservan originales. Los pilares de acceso central sostienen una pieza de hierro tubular con forma de arco, para sostén del farol. Es una marca epocal digna de destacarse.

 

También es una rareza el murete que sostiene la verja, revestido por completo con placas de mármol gris y blanco, que ya se observan en fotografías antiguas.

 

En el solado del atrio lucen baldosas de granito con una cinta o filete rosado. Antes eran mosaicos calcáreos de composición ajedrezada.

 

Aunque sometida a la agresión visual de la medianería a ambos lados y habiendo mermado su preeminencia como edificio de mayor tamaño en esa cuadra, sin embargo entiendo que la Iglesia mantiene su prestancia y retiene en parte su rol protagónico urbano merced a su elevación, a su marcada verticalidad, a su volumetría compacta y al retiro de la línea municipal.

 

Sin duda, el miembro que más ha sufrido la desamortiguación visual provocada por el muro contiguo en altura, es la torre a la derecha, toda vez que el lateral izquierdo de la fachada queda separado del edificio vecino por un pasillo, sobre cuya entrada se ha colocado una reja moderna, por razones de seguridad. También en este acceso se han reemplazado los escalones originales de mármol por otros de granito, que no guardan consistencia de lenguaje y materialidad con el resto de las escalinatas. Se recomienda su modificación.

 

Por su parte, la entrada del lado derecho ha sido bloqueada por una instalación comercial, de suyo removible, como sería aconsejable que ocurriera, a efectos de recuperar, siquiera en parte, el amortiguador sobre ese flanco.

 

Interior

El interior es de una sola y amplia nave (20 m x 13,5 m), donde se destaca el ya mencionado techo de madera tallada, que De Paula conceptuaba como uno de los mejores en su género existentes en nuestro país.

 

El factor de calidez interior está dado por la impronta de esta techumbre, los vitrales laterales de colores (donde prevalecen los azules y los rojos en las tramas geométricas y vegetales), y el piso de tablas de madera de pinotea.

 

 

Mobiliario y Vitrales

 

Se destacan los bancos de madera, que en la parte central, forman una graciosa curva que otorga un visible dinamismo a la espacialidad ortogonal de la nave. Su estado de conservación auténtico es destacable.

 

También se destaca el sector del presbiterio-altar, separado del resto de la nave por una plataforma/claustra de madera maciza. Por detrás, sobre el muro testero, se observa una graciosa arcatura ojival de siete arcos apuntados.

 

En cuanto a los vitrales (sobre el altar, los laterales y los de fachada), presumiblemente fabricados en Inglaterra, también son componentes artísticos auténticos. Lamentablemente, la construcción levantada como casa pastoral por detrás del muro del altar, años más tarde, obstruye la iluminación natural del vitral. Lo mismo cabría decir de las instalaciones intrusivas en el pasillo de la derecha de la fachada, cuyo retiro recomiendo al doble efecto de reintegrar la ingresión de la luz natural y facilitar la aireación del muro, sumamente afectado por la humedad.

 

Sin perjuicio de ello, como dije antes, permanece la pieza artística de vitreaux original, allí y en los otros lados del polígono del templo.

 

 

El órgano de tubos

 

Conociendo el aprecio de las congregaciones protestantes por el canto y la música al servicio del culto, la Primera Iglesia Metodista cuenta con un importante órgano de tubos inglés Forster & Andrews fabricado en 1882 e inaugurado un año después. Por el porte de sus partes de alzada y su elevación sobre una plataforma, interfiere en la visión de los paños laterales del vitral, que ya existían cuando el instrumento fue emplazado. Pero el efecto mayestático de su ubicación, sumado a su mueble de madera en consistencia de lenguaje expresivo historicista es impactante.

 

En cualquier caso, el excepcional órgano de tres teclados y pedalera, ha sido restaurado hace varios años (2009) y ha sonado en conciertos y grabaciones. Su curador actual es el maestro organista Rafael Ferreyra, quien considera que este instrumento de 1.700 tubos distribuidos en 28 registros es “una joya histórica en la ciudad de Buenos Aires”. La razón de su aserto es, no sólo la calidad sonora y el diseño de su mueble, sino también el haber preservado su sistema mecánico original de accionamiento mediante varillas.

 

Debe mencionarse, como marca de memoria, una placa de recuerdo a Henry George Wellby (1862-1936), quien prestó servicios como organista y maestro del coro de esa iglesia durante 41 años, entre 1891 y 1932.

 

 

Salón parroquial

 

En cuanto al salón parroquial, la particularidad de este amplio espacio de impronta industrial o ferroviaria británica, son sus sólidas columnas metálicas de sección trifoliada, cuyas basas y capiteles son del mismo material, y que permanecen en condiciones auténticas hasta el presente, salvo la aplicación posterior de pintura superficial roja, removible.

 

 

Continuidad en el uso original:

 

La Primera Iglesia Metodista es hoy una congregación o parroquia de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina.

 

Un dato remarcable de este conjunto de dos edificios (templo plus salón parroquial) es la continuidad en su uso congregacional, desde los orígenes. El templo ha estado siempre al servicio del culto y de la cultura musical de Buenos Aires; y el salón parroquial ha servido siempre como espacio de reunión de la congregación e, incluso, en momentos de indisponibilidad del templo, allí se han celebrado servicios, aún en épocas recientes.

 

Además, en este espacio de la Primera Iglesia Metodista nacieron diferentes iniciativas de asistencia mutua o de beneficencia e, incluso de protección de los animales.

 

 

Componentes de Patrimonio inmaterial:

 

Interesa prestar atención no sólo a los valores patrimoniales materiales de este conjunto edilicio, sino, también, a sus valores como patrimonio inmaterial asociado históricamente a una colectividad, a su idioma y a su rito religioso identitario, que luego se integraron plenamente a la sociedad local.

 

Desde el comienzo, y aún cuando ya se utilizaba el idioma castellano en las predicaciones, el edificio de la avenida Corrientes fue denominado el templo o la iglesia “de los norteamericanos”, “the American Church”, señalando de este modo y con esta nota de pertenencia, un factor de etnicidad epocal persistente, en un contexto de diversidad de ritos donde las primeras colectividades protestantes establecidas en el Río de la Plata ya habían logrado levantar sus lugares de culto público. De este modo, mientras los británicos anglicanos asistían a la Pro Catedral (luego Catedral) de San Juan Bautista, los presbiterianos escoceses asistían a la iglesia de San Andrés, y los alemanes evangélicos lo hacían en su iglesia neogótica de la calle Esmeralda n.º 162, también los norteamericanos, como contingente de colectividad arraigado y activo en nuestro medio local, cumplían sus deberes religiosos en su propia iglesia, que pasó a ser su espacio de identidad, tanto ad intra de la propia comunidad como ante los ojos del resto del vecindario.

 

Como dijimos antes, la relación Goodfellow-Sarmiento fue decisiva para la llegada de las maestras norteamericanas a la Argentina, de modo que el metodismo cumplió su parte en aquel proceso de transformación educativa y ello ha de adjudicársele como legado inmaterial.

 

No debe, tampoco, extrañar, que uno de los puntos incluidos en la visita oficial del presidente Teodoro Roosevelt, cumplida entre el 13 de noviembre y el 4 de diciembre de 1913, fuera precisamente la Primera Iglesia Metodista. De ello ha quedado registro periodístico.

 

Otro acontecimiento acaecido en la Iglesia Metodista y muy concurrido fue, años antes, el funeral solemne por la muerte de la Reina Victoria. En la prensa gráfica de la época pudo verse el túmulo cubierto por un paño negro, flanqueado por las banderas de la Gran Bretaña y de los Estados Unidos de Norteamérica.

 

La coronación de Eduardo VIIº también fue motivo de una ceremonia local de singular brillo, celebrada en el templo metodista.

 

Y en 1917 tuvo lugar en el templo una conferencia dictada por la señorita Florence Shoring, enfermera de la Cruz Roja y recién llegada del frente de batalla.

 

Dentro de las prácticas de beneficencia de la Congregación metodista, merece mencionarse aquella iniciativa debida al activo pastor W. P. MacLoughlin (su tumba ostenta un monumento excepcional, en el Cementerio Británico), de constituir una comisión parroquial de damas norteamericanas que, cada año, llevaban galletitas y dulces a los pacientes del Hospital Muñiz, y juguetes y muñecas a los niños y niñas.

 

Reconocimientos oficiales

 

La Primera Iglesia Metodista ha sido declarada Sitio de interés cultural por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en el año 2000.

 

 

Conclusión

 

El ámbito edilicio de la Primera Iglesia Metodista situada en la avenida Corrientes, en el barrio de San Nicolás, que comprende en su solar histórico al templo y el salón parroquial, es portador de valores patrimoniales identitarios, expresados tanto en la materialidad de sus construcciones (que han llegado íntegras hasta nuestros días), como en la reserva del legado inmaterial de su memoria como comunidad protestante originada en la colectividad norteamericana residente en la ciudad de Buenos Aires.

 

Su servicio como iglesia cristiana enraizada en la Reforma Protestante ha sido constante durante casi dos siglos en nuestro medio local.

 

Además, su compromiso y su testimonio no se limita al culto, sino que se extiende a diversas áreas de una agenda actualizada, como el servicio social, derechos humanos, ecumenismo, repudio a la violencia, cultura, etcétera.

 

Por otra parte, su declaratoria nacional en el marco de la ley 12.665 sería una señal de reconocimiento a la diversidad de cultos adquirida por la República Argentina como un logro en materia de libertades civiles, y que ya se ha expresado en otros casos de edificios religiosos declarados, pertenecientes a congregaciones diferentes del Catolicismo Romano.

 

De este modo, por simetría de las formas, este valioso conjunto edilicio gozaría de un reconocimiento patrimonial análogo al que ya ostentan otras iglesias protestantes, tales como la Catedral Anglicana de San Juan Bautista (CABA), las capillas de responsos de los cementerios Alemán y Británico (CABA), la Iglesia Anglicana de la Santa Trinidad en Lomas de Zamora, la Iglesia Presbiteriana Escocesa de San Andrés en Temperley, la Iglesia Evangélica Metodista de Lomas de Zamora, la capilla de Seion (Chubut), o el templo de la IERP en Esperanza (Santa Fe).

 

En virtud de sus antecedentes históricos, su densidad de memoria como comunidad de fe, y sus méritos artísticos, y teniendo muy en cuenta la notable preservación de elementos originales de su arquitectura y su equipamiento que satisfacen la nota de autenticidad patrimonial, el conjunto merecería su declaratoria en la clase legal de Monumento Histórico Nacional, prevista en la Ley 12.665 modificada por la Ley 27.103[1].

 



[1] He formulado esta recomendación en el Informe de Valoración Patrimonial relativo a ambos locales (templo y salón) que redacté a pedido de la Primera Iglesia Metodista de BA, con fecha 4-VII-2024.






 



[1] He formulado esta recomendación en el Informe de Valoración Patrimonial relativo a ambos locales (templo y salón) que redacté a pedido de la Primera Iglesia Metodista de BA, con fecha 4-VII-2024.




lunes, 8 de julio de 2024

UNA PRECURSORA DEL “STAND UP” Y LA PRIMERA SILBATINA EN UN TEATRO DE BUENOS AIRES

Por Oscar Andrés De Masi

 

¿Cuál fue el origen de estas prácticas (el stand-up y la silbatina) en nuestro medio escénico?. Me encontré con un breve relato de Rómulo Quintana publicado en la revista El Hogar, el 21 de mayo de 1937. Contaba allí la historia de la primera actriz silbada en escena por el público porteño, a comienzos del siglo XIX.

 

Se trataba de Ana Rodriguez Campomanes, a quien los cronistas y algunos críticos han señalado como la más consumada expresión de la “guaranguería” vernácula. Aunque tenía su público fiel entre el bajo pueblo, el historiador de la ópera y el teatro porteños, Mariano Bosch, llegó a sostener que “todo lo malo lo inventó la Campomanes” (sic).

 

En los comienzos (integraba la compañía del Coliseo de Comedias o Coliseo Provisional, desde 1811), algún periódico de la época le asignó “una voz melodiosa” para las tonadillas españolas (que tanto gustaban desde finales del siglo XVIII), pero luego, con los años, se dijo que dejó de cantar los papeles, para “gritarlos”.

 

Se dijo también que era inescrupulosa y combativa, y que se valía de la política hasta para eliminar a sus rivales artísticos. ¿Será exagerado este juicio? Ciertamente, lo mismo le daba cantarle loas póstumas a Belgrano en 1821, que celebrarlo a Rosas en 1835.

 

Esta artista popular porteña pasó por la experiencia de la ruina social (¿era una huérfana nacida en un hogar principal venido a menos?) y el abandono de su marido.

 

Durante sus actuaciones, se apartaba del libreto y se ponía a polemizar con el público, hacía acotaciones musicales, a la par que comentarios de moda, de política, de arte, de letras etcétera. Quizá, a su modo, fue una precursora del “stand up”.

 

Como no había pasado por ninguna academia y, al parecer, su voz era muy pobre, condimentaba sus números acentuando la procacidad de los versos que entonaba. Y para acompañar o mitigar sus alaridos, se valía de una guitarra y también bailaba.

 

Se la toleró sin queja durante varios años, pero un día llegó la silbatina, fermentada durante decenas de funciones. Ocurrió un 1º de diciembre de 1822 (hace 199 años) en el ya mencionado Teatro Coliseo de Comedias, inaugurado en 1804 en el barrio de La Merced.

 

Comenzó cantando un cuplé que provocó en el público un ligero “siseo”, al cual siguió el reiterado golpe rítimico del suelo con los bastones. Por lo visto, la ejecución no agradaba.

 

Lejos de arredrarse, la cantante repitió la tonadilla hasta cuatro veces, con crecientes ínfulas. Entonces, comenzó literalmente la “silbatina”, que se hizo generalizada en la sala entera.

 

¿Qué hizo ella? ¿se retiró haciendo mutis por el foro, como en la tragedia griega? De ninguna manera. Encaró de frente al público insatisfecho y protestón, y le dijo que iba  “a enseñarles a mostrar mayor respeto, para que la próxima vez tuvieran mayor cuidado en no hacer ruido mientras ella cantaba…”.

 

La perorata despertó una estruendosa carcajada del público, sumada a los golpes y los chiflidos. Debió intervenir la autoridad: un juez que presenciaba la función desde un palco amonestó a la concurrencia, sin éxito. Y un actor de la compañía, condolido por el escarnio de su colega, salió en su defensa y le gritó a los espectadores, amenazándolos con…dejar la función a medias y no actuar más. Fue peor, porque la silbatina se tornó ensordecedora.

 

En cualquier caso, si esto ocurrió en las vísperas de la época de Rivadavia y las Luces, cuando existía la Sociedad del Buen Gusto teatral creada por Pueyrredon, en cambio los años de la divisa punzó  le serían favorables como una figura más arrabalera que chusca, capaz de despedir rayos y centellas desde las tablas contra el partido unitario. De hecho, Rosas y su entorno asistieron más de una vez a sus funciones. Y, naturalmente, nadie se hubiera atrevido a obsequiarle una silbatina unitaria en presencia del Restaurador…

 

En cualquier caso, tras la batalla de Caseros, el rastro de la Campomanes se pierde en la bruma de un previsible exilio en Montevideo.

 

 

 

martes, 30 de abril de 2024

EL ANTEPROYECTO DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DEL LITORAL (ARQ. ÁNGEL GUIDO) PARA EL MONUMENTO AL DESCAMISAD

Por Oscar Andrés De Masi

Para Viaje a las Estatuas



Este anteproyecto se inscribe en la saga de intentos fallidos por erigir un monumento al "arquetipo" del trabajador argentino y peronista, empoderado por las conquistas sociales justicialistas. Descartado un primer proyecto del año 1949 (Ángel Ybarra García) por su apego a estilemas academicistas y a alegorías tradicionales, fue convocado un nuevo concurso en 1950 con participación de varias universidades nacionales. Los bocetos tampoco resultaron satisfactorios.

 

La propuesta de la Universidad Nacional del Litoral pertenece al arquitecto Ángel Guido, quien plasmó su preferencia por las estéticas epocales, junto a una mirada iconográfica nacionalista y épica llevada hasta el exceso retórico.

 

El proyecto se acompañaba con un croquis morfológico comparativo con L´Etoile de Paris, evidenciando una intención resemantizadora de modelos clásicos, a la vez que una voluntad de escenificación urbana monumental.

 

Las demandas ceremoniales de un Estado inclinado a la liturgia de las masas quedaban, así, satisfechas.

 

El diseño apelaba a un enorme y macizo arco triunfal adintelado, sólido y pétreo, sobre un plano de convergencia de cuatro escalinatas. Los pilares ortogonales que marcan el ritmo de la fachada son fustes sin órdenes ni capiteles.

 

Una multitud de esculturas se agolpaba en los muros laterales, incluyendo a obreros en marcha y... hasta un tractor rural. A ambos lados de la fachada del propileo se ubicaban dos estatuas ecuestres de enorme tamaño: Perón y Evita al galope. Por detrás, Güemes y Tupac Amarú.

 

Al parecer el Descamisado se hallaría en el interior del recinto, con la misma inmanencia de ubicación con que los griegos y romanos emplazaban a sus ídolos en los templos.




 



domingo, 14 de abril de 2024

CLASE ESPECIAL EN LA IGLESIA DE LA PIEDAD / BA, 3-IV-2024


Mi querido y admirado amigo, el Dr. Juan Lázara (con "a" final), tuvo la fina cortesía de invitarme a participar, como profesor invitado, en una clase realizada en la Iglesia de La Piedad. Los destinatarios fueron los alumnos y las alumnas de la carrera de Turismo de la UADE, donde el colega dicta cátedra. 

Fue una experiencia gratificante, no sólo por la ya conocida calidad de la tarea docente del Dr. Lázara, sino por la atenta escucha de los destinatarios, todos jóvenes muy educados que mostraron evidente interés en la interpretación organoléptica de la Basílica, y, en especial, ante esa disciplina exquisita que a veces dejamos rezagada, que es la epigrafía lapidaria en latín. Concluimos la visita interpretativa ante el mausoleo de Santa María Antonia de San José de Paz y Figueroa. Nos acompañaron también amigas guías de Turismo, que exhibieron su habitual calidez y cultura.

Gracias a la cátedra, a los alumnos y a la Lic. Anabella, que tomó preciosas fotos!














domingo, 7 de abril de 2024

ENRIQUE ESPINA RAWSON IN MEMORIAM

 


Enrique Espina Rawson junto a OADM en la presentación de La última esquina de Carlos Gardelen la Manzana de las Luces (2007).

 

Los salvajes unitarios están de fiesta, escribió José Hernández, a propósito de la muerte del Chacho Peñaloza. Y parafraseando al más grande poeta argentino, habría que decir que los sostenedores del origen uruguayo de Carlos Gardel, aunque no estén de fiesta, al menos, desde el viernes, respiran más tranquilos. Porque ha muerto en Buenos Aires (la patria adoptiva del vástago de Toulouse) el más acérrimo polemista y refutador de aquella tesis, tan cisplatina como absurda. Ha muerto mi amigo Enrique Espina Rawson, el hombre que más sabía acerca de Gardel en el planeta que habitamos; pero que, además, sabía de muchas otras cosas.

 

Lo conocí en el verano del año 2001, por el azar de las circunstancias. Nuestros caminos no venían, en este caso, trazados por los temas culturales o históricos, como podía esperarse, sino por unos desempeños corporativos simultáneos, en el grupo de empresas del Banco de la Provincia de Buenos Aires. Porque así de caprichosa es la vida.

 

¿Nos hubiéramos cruzado de otro modo? No puedo saberlo. Lo cierto es que allí nos conocimos y allí comenzamos a hilvanar conversaciones sobre cuestiones históricas y literarias de Buenos Aires.

 

Me impresionó la seriedad de la información que él espigaba en cada charla, el tono coloquial con que arropaba su discurso (lejos de cualquier arrogancia definidora), la agudeza por momentos mordaz de su análisis, y la variedad de sus lecturas, que incluían a autores todavía vigentes (como Borges), relativamente olvidados (como González Tuñón) y a otros totalmente fuera de agenda (como Chesterton, Melián Lafinur y Ocantos, por ejemplo), que también yo leía.

 

Bastaron estos pocos elementos, sumados al común nexo con Hipólito “Tuco” Paz (que descubrimos de causalidad, al cabo de unos meses), para edificar un vínculo 100% ajeno a cualquier motivación frívola, zafia o material. Nos hizo amigos cierta forma de la “virtud”, como quería Aristóteles: el puro y espiritualizado gusto de conversar acerca de temas que, para ambos, formaban parte medular de esa verdad acerca de nosotros mismos que es la propia identidad. En este caso, cimentada en determinada literatura que no era para cualquier paladar, y en la nostalgia de una mirada atenta al pasado argentino que no era para cualquier miopía intelectual.

 

Como al mismo tiempo me desempeñaba como asesor honorario de la Comisión Nacional de Monumentos (que presidía el recordado Alberto S. J. de Paula, otro aristócrata del espíritu), Enrique no perdió tiempo y me abordó una tarde con un asunto que ocupaba su pensamiento desde tiempo atrás: la declaratoria, en la máxima categoría patrimonial posible, de la tumba de Carlos Gardel.

 

Por aquella época, casi nada sabía yo acerca de la vida de Gardel. O, lo poco que sabía, lo sabía mal, porque me lo imaginaba como un aprendiz de malevo de barrio que aprendió a cantar o cosa semejante. Por supuesto que había escuchado con ligero gusto muchas de sus grabaciones, aunque estaba lejos de ser el adicto a sus interpretaciones en que me convertí después. La “culpa” (en todo caso, “culpa feliz”, por utilizar la expresión agustiniana) de mi ulterior y persistente fanatismo gardeliano la tuvo Enrique Espina Rawson.

 

Las palabras acrisoladas y magistrales de Enrique acerca de Gardel fueron como una epifanía, como el “rayo misterioso” que imaginó Le Pera, y que iluminó mi pensamiento y mi corazón. Aquella metánoia gardeliana que experimenté, aquel “camino de Damasco” que emprendí hace más de veinte años en lo tocante a Gardel, tuvo en Enrique a su apóstol y su profeta. 

 

Fue él quien me hizo notar que, bajo la engañosa habitualidad del repertorio gardeliano y el estereotipo abaratado de su imagen, detrás de aquel ícono otrora repetido en los espejos de los colectivos que tomaba de chico, o agazapado en la melancólica referencia a un Buenos Aires que ya no existe ni volverá a existir, más allá de los clichés tangueros, había otro Gardel, el hombre ético, el caballero, el buen hijo, el buen amigo, el porteño arquetípico y el esteta (rasgos que también Enrique podía reclamar como identitarios). Aquel Gardel permanecía desconocido y hasta burdamente distorsionado ante mi generación.

 

Lo dije entonces y lo repito ahora: por ese solo motivo, mi deuda intelectual con Enrique Espina Rawson es impagable por desproporcionada, como los Quinientos millones de la Begum contabilizados por Julio Verne. Y más sideral se volvió cuando, en el año 2007, Enrique aceptó escribir un prólogo a un breve libro mío acerca del mausoleo de Gardel, que logramos que se declarada Sepulcro Histórico Nacional ese mismo año, asumiendo el Centro de Estudios Gardelianos la custodia de ese “santo sepulcro”, como él lo llamaba. El precioso y conciso texto prologal lo concluyó diciendo que, al aceptar esa encomienda escritural, sentía la honda satisfacción de ocuparse de “dos personas de su amistad”: de Gardel y de mí.

 

Ubicarme en ese mismo podio de su afecto, junto a Gardel, fue el colmo de su generosidad, que selló para siempre en mi ánimo un sentido fraterno de gratitud y de lealtad.

 

Porque en esos valores en extinción, de la generosidad y de la lealtad, entre muchos otros que Enrique cultivó, podría cifrarse el itinerario de su existencia.

 

Fue siempre generoso con sus saberes (he reiterado con absoluta convicción que Enrique era la persona que más sabía acerca de Gardel en todo el planeta Tierra, y una de las personas que más sabía del tango en el mismo planeta. Si acaso existen otros que sepan más, en los confines siderales de la galaxia, yo no lo puedo afirmar).

 

Fue generoso en conectar a personas con gustos afines y fue generoso, además, en el plano material, porque era muy dado a obsequiar libros que hallaba en sus anaqueles y que suponía que podían ser de interés para el destinatario.

 

Era pródigo en anécdotas de personajes que estimaba como relevantes en algún sentido, era aciculado en sus reflexiones, era coherente en sus ideas, una coherencia que también extendió a una modalidad de pensamiento agnóstico muy de tono borgeano. Menciono esto último porque del tema de la religión hablamos repetidamente y, a veces, haciéndonos cómplices de una ironía algo irreverente, pero sin malicia y bien humorística, porque él conocía y respetaba mucho mi simpatía por el fenómeno religioso en general, y mis vinculaciones amicales con el clero de varios ritos.

 

Recuerdo que en una ocasión sostuvimos, con fingida solemnidad y de común consenso, en una mesa del Florida Garden, que la existencia mortificante del mosquito (lejos aún de prever estas plagas recientes) podía llegar a esgrimirse como una prueba irrefutable de la inexistencia de Dios. A lo cual agregó él, con más seriedad y llamativa compasión, que la prueba definitiva, en rigor, podría ser el sufrimiento del reino animal:

 

–Imagínese Usted, Oscar (me decía, porque siempre nos tratamos de Usted), un animal cualquiera, un león, que anda en la selva con una espina clavada en la garra, y no la puede remover, y luego se infecta y así pasa días enteros… qué espanto por favor… ¿Cómo podría un Dios permitir ese sufrimiento?-  

 

Recuerdo, también, el horror absoluto que le causaban los crímenes y las violencias de todo género. Era un hombre apacible por naturaleza, honestamente asido a una “moral sin dogmas”, como Ingenieros, profundamente preocupado y dolido en su interior (especialmente en los últimos años) por la tragedia sin fin de la Argentina. Era, sin duda, un patriota que abominaba de la corrupción política (aunque, por momentos, llegaba a pecar de cierto esquematismo maniqueo que, invariablemente, cargaba sobre el peronismo la suma de los males nacionales) y admiraba a los grandes hombres del pasado, a aquellos que habían aportado su cuota a la grandeza pretérita del país. Entre ellos estaba Gardel, a quien juzgaba un fenómeno tan excepcional como inagotable.

 

Su preferencia estética lo orientaba en el sentido de la belleza de las formas nobles, ya fuera una pieza musical (escuchaba buena música, tanto clásica como popular), una pintura, un grabado, una escultura o un objeto cualquiera de anticuariado, de ésos que ennoblece la pátina de los años. Esto explica su experimentado paso por los remates de antigüedades, su ojo clínico para ese rubro y la concreción de su propio negocio. Recuerdo aquel local en la Galería “Las Victorias” y tengo muy presente aquel otro más reciente, de doble superficie y con sótano, en la Galería “Larreta”. Allí solía entrar yo, de pasada o de camino hacia el sushi bar Murasaki, para echar un párrafo que, con frecuencia, concluíamos en el Florida Garden o en el café de al lado (cuyo nombre se me escapa), sobre la calle Florida. Otros contertulios pudieron sumarse al convivio de vez en cuando.

 

En esta hora de ausencia irreparable, lamento no haberlo visitado con más frecuencia, al menos en 2023.

 

Aquella tienda de anticuariado llegó a ser, más que un comercio, una excusa para ir à la recherche de temps perdu, porque (quizá éramos “proustianos” sin darnos cuenta) nos movía el impulso de una reflexión psicológica sin tensiones dialécticas sobre la literatura, sobre el arte, sobre la historia, sobre los recuerdos y, corsi e ricorsi, sobre el paso inexorable del tiempo.

 

En cualquier caso, ambos sabíamos que la Argentina estaba muy lejos del nimbo de sus pasados esplendores. Y que, ante la escala fenomenal de esa decadencia (la vergüenza de haber sido / y el dolor de ya no ser…), no había razones objetivas en el corto plazo para atesorar una gran esperanza colectiva. Sólo quedaba el consuelo de contemplar los gloriosos vestigios materiales en pie o los registros impresos de aquella época dorada, y compartir narrativamente, en voz alta, esa experiencia, entre amigos.

 

Y digo “en voz alta” porque Enrique, aparte del talento que demostró en el oficio de la pluma, atque solerti ingenium, fue un maestro de la causerie, de ese arte perdido de la conversación miscelánea salpicada de rariora, del guiño y el sobreentendido, de la viñeta cotidiana, de la apología vindicatoria… o la reprobación justificada desde un sentido crítico, acidulado y despojado de sentimentalismo. En este último ítem, más de una vez coincidimos en el desprecio visceral hacia algunos personajes encumbrados sin mérito por la “corrección política” vernácula y la estupidez humana, que no mencionaré por cuestiones de delicadeza.

 

Quizá en el ejercicio de ese fino ingenio, mental y verbal (porque no era en modo alguno un lenguaraz, de los que llenan el aire como un guaro, con palabras huecas en reemplazo de las ideas vacantes) residía, también, su testimonio, como eslabón de una cadena rota: la cadena de una “identidad porteña” hecha de ideales y de lealtades, de buenos modales y de buen gusto, de cultura libresca y a la vez del saber empírico de quien posee “calle” y frecuentó las noches de una ciudad que, ahora, sólo existe en el territorio onírico de la memoria y en los relatos ajenos. Precisamente, solía decirme que uno de los méritos de la biografía de Gardel escrita por el inglés Simon Collier (que me mandó a comprar y a leer perentoriamente, como quien manda a un chico a hacer un mandado o una tarea escolar: -Vaya a comprarla hoy mismo al Ateneo- me indicó. Y así procedí, con obediencia discipular), es el haber logrado una pintura de esa contextualidad epocal tan difícil de explicar, que él llamaba “el ambiente”. Ese ambiente porteño de una época que, insisto, Enrique sabía con total realismo (alguna vez dijo que el tango había muerto y era un episodio arqueológico) que ya no iba a volver.

 

A Espina Rawson se lo asocia con Gardel, naturalmente, y también con la materia del tango. Y es correcto, porque en ambos campos desplegó su pericia. Hasta se dio el lujo de producir un relato contra fáctico e hilarante, ¡acerca de los cien peores tangos! (quien no lo haya leído, debería hacerlo). En cambio, con Gardel no bromeaba: sus libros “Disparen sobre Gardel”, “Gardel inédito” y “Archivo Gardel”, son aportes científicos para la construcción del sujeto histórico biografiado.

 

Pero, decía antes, que la versación poético-musical de Enrique excedía el perímetro de Gardel y del tango. Me acuerdo de ésa oportunidad en que, sentados en el café Josephina´s de la calle Guido, lo consulté acerca de la versión de la zamba “De Simoca”, que grabó el “Chango” Rodríguez. Su respuesta, sin libreto previo, fue desgranando una lección de folklore; y, de paso, dejó en claro su repudio al cantante por el crimen que lo llevó a la cárcel. El reflejo ético y el rechazo a la violencia, como marcas sustantivas de su personalidad, se le colaban a Enrique, lo atravesaban y no podía evitarlo.

 

Esa misma ética fue el motor dinámico de sus confrontaciones con los negadores del Gardel nacido en Francia y, a la vez, postuladores del Gardel nacido en Tacuarembó.

 

No podía tolerar, ya no la discreta insinuación, sino la descarada proclamación Urbi et Orbis de una falsedad sin fundamentos, sin probanzas heurísticas, contraria a los documentos auténticos que existen, y que, para peor, dejaba a la señora Berta Gardes (la madre de Carlos) en el incómodo lugar de la prostitución en la otra orilla del Plata. Y, tanto lo arrebataba de justa ira esta pretensión anti histórica, como la pasividad silente de la Academia del Tango y de los gobiernos nacional y local, que evitaban pronunciarse en forma categórica. 

 

Contra esa conjunción de audacia de un lado y de mutismo del otro, protestó valientemente y lo hizo más de una vez, dejando en negro sobre blanco que no era una reyerta contra los uruguayos en su conjunto, sino contra aquellos, de cualquier banda del río color de león, que pusieran en duda las certezas historiográficas ya adquiridas. En esa fragua también templó su lealtad a Gardel y a la verdad sobre Gardel.

 

¿Quedan otras cosas por decir acerca de Enrique Espina Rawson? Sin duda que si, porque la polivalencia de su figura como periodista, ensayista, escritor de ficción, historiador, intérprete de la ciudad que lo vio nacer (no quiero olvidar mencionar esas breves crónicas de apreciación arquitectónica y urbana, de calidad bijou, que publicaba en la revista de Izsrastzoff,  con ese título de “Fervor por Buenos Aires” que evidenciaba sus arraigos afectivos a la ciudad que era su paisaje cotidiano) y polemista gardeliano, reclama que otros narradores sigan escribiendo acerca de su vida y de sus obras. Hay por delante mucha tela para cortar.

 

De momento, y desde el fondo de la enorme pena que me causa la partida de Enrique hacia “un” reino que no es de este mundo, mi discurso enmudece, no por falta de palabras (para eso está el idioma castellano adaptado al medio porteño, que mi amigo hablaba con tanta propiedad), sino por la dificultad punzante de referirme a él… en tiempo pasado.

 

Prueba ello de que “ese” reino invisible, donde habita desde ahora, es ya el territorio sin fin de la memoria.