La mirada y la interpretación de Oscar Andrés De Masi, arqueógrafo

viernes, 10 de mayo de 2019

ELOGIO DEL EMPEDRADO... LAS CALLES ADOQUINADAS Y EL PAISAJE URBANO DE ALGUNOS BARRIOS

Foto oadm 2019


Por Oscar Andrés De Masi
Para Viaje a las Estatuas
Mayo 2019

Varios amigos y amigas de la zona de Banfield, Lomas y Temperley me han pedido algunas reflexiones acerca del tema que da título a este post. Ciertamente, su preocupación es comprensible, frente a la potencial pérdida de estos adoquinados tradicionales. Ya la ONG FuenteOvejuna ha expresado su alerta. El tema me convoca doblemente, por su actualidad, y porque me permite reencontrarme con apuntes que comencé a preparar hace ya tres décadas, bajo la guía de Alberto de Paula.

¿Cómo hemos de valorar los viejos adoquinados viales?
¿Deben preservarse o son piezas descartables en la dinámica de la transformación urbana? ¿Pueden implicarse en una mirada que asuma el punto de vista del patrimonio materia e inmaterial?

Intentemos dar respuesta a estos interrogantes.


Elementos del patrimonio urbano:

Comenzaré por la última. A mi juicio, no cabe duda de la implicancia patrimonial que, hoy más que antes, asumen los adoquinados de vieja data. ¿Por qué? Pues porque forman parte del "paisaje urbano". No es un juicio aislado el mío, sin duda. Hace tiempo le escuché postular al Arq. Ramón Gutiérrez esta definición: que el patrimonio arquitectónico y urbano de una ciudad se define por tres elementos que, confrontados con el modo de vida de sus habitantes, adquieren su naturaleza patrimonial:

-La vigencia de la traza
-Las características del tejido urbano
-La configuración de su paisaje

Naturalmente, el paisaje es el elemento dinámico y cambiante: las nuevas escenografías reemplazan a las viejas. Pero los elementos históricos más permanentes y más identitarios pueden y deben coexistir con el nuevo escenario. Y máxime cuando  gozan del aprecio de los vecinos.

Entonces, señalamos que el paisaje es la "tercera pata", por así decirlo, del patrimonio urbano de las ciudades.

Ahora bien, ¿Cómo definir al paisaje? Me place la definición del Grupo Aduar, que discutimos infinidad de veces con Alberto de Paula: Aspecto o forma del territorio tal como es visualmente percibido y estéticamente valorado, en conjunto, y a una distancia que permita, simultáneamente la apreciación panorámica y la percepción de detalles que componen la estructura de la imagen, la cual varía según su complejidad y textura.

Sin duda, el paisaje se explica y se comprende por la suma de los procesos naturales y antrópicos que lo han generado en el curso del tiempo. Claramente, el empedrado de las calles es un proceso antrópico: no está dado por la naturaleza, sino que adviene por decisión del planificador, como un aporte para el mejoramiento de la calidad del habitar y del circular urbano.


El adoquinado como factor de calidad del habitar urbano:

He aquí entonces otro elemento a ponderar: ¿El adoquinado aporta calidad? La respuesta es evidente por las ventajas que conlleva:

-Impone límites a la densidad y velocidad de circulación de vehículos;
-Con ello, favorece el control de la contaminación sonora de los barrios y
-Mejora las condiciones de seguridad vial;
-Favorece la retención y el drenaje de las aguas pluviales;
-Alivia el agobio de las altas temperaturas veraniegas.

Pero, a estos elementos "funcionales", deben añadirse los elementos de estética urbana: las calles adoquinadas son, definitivamente, bellas, y la nobleza de la piedra se amiga sin esfuerzo con el entorno y el arbolado.

Nótese que el adoquín de granito va adquiriendo una cierta pátina que, junto a los elementos térreos de las juntas, termina configurando un tapiz horizontal texturado. ¿Alguna vez contemplaron el brillo tenue de los adoquines, los tonos grises o los rojizos, al contraluz de la tarde, especialmente en otoño? Los invito a que hagan la prueba. Se van a maravillar.

He allí el factor de percepción visual que devuelve al observador una imagen gratificante, homogénea pero no plana (¿Alguien ha analizado las variantes en la colocación de loa adoquines, desde la hilera lineal, las formas curvas, el opus cementicium o el opus reticulatum romanos llevados al plano, las intersecciones, los contornos etc.?), texturada pero no abrupta, quieta pero no inmóvil… Yo diría, casi metafóricamente, como quien contempla el reflujo del mar. Todos hemos experimentado esa sensación indescriptible.


Adoquinado e identidad barrial:

Pero a estos argumentos hemos de sumar uno más: las calles adoquinadas son parte de la identidad de los barrios tradicionales del suburbio. Y cuando digo "tradicionales" no quiero decir, exclusivamente, los barrios de segmento socio-económico principal, o como hubiéramos dicho en nuestra mocedad, los "barrios chetos". No se trata de una cuestión de riqueza o de clase: se trata de una cuestión de identidad, que cruza en diagonal todos los segmentos sociales, desde los barrios de alta gama residencial hasta los más modestos, populares e industriales. Si todos ellos han tenido adoquines en sus calles desde hace décadas y décadas, sin queja de los vecinos, entonces ese componente de su imagen será identitario, vale decir, derivado de una forma tradicional de la vialidad urbana. Es bastante simple.

Ahora bien, esto que parece tan accesible a cualquier inteligencia dotada de una dosis mínima de sentido común, de sensibilidad ante el paisaje y de aprecio por la historia y la memoria de los lugares donde hemos nacido o crecido, parece incomprensible para los funcionarios municipales y sus asesores.

Ya lo hemos dicho antes: Lomas de Zamora carece de una agenda patrimonial seria y sustentable, cuyo colofón sean protocolos tuitivos de lo poco que va quedando en pie. Por más que se haya creado un programa dotado del rumboso nombre de "Patrimonio Lomas", su tarea parece haberse limitado a relevamientos que ¡ya hemos hecho docenas de veces, llevados de la mano de De Paula y otras figuras, hace más de veinte años! Tarea redundante que, como digo, ya está hecha.

Lomas de Zamora necesita programas operativos y participativos-vecinales, que se reflejen en normativas y contralores dotados de sentido patrimonial: reglamentación de zonas de amortiguación, límites de alturas, respeto al arbolado (¿Quien es el genio de la botánica forestal que dispone podas en pleno verano?), protección de edificios de valor histórico, recuperación de fachadas, limpieza de la contaminación visual debida a cartelerías espantosamente mersas, limpieza y restauración de sus monumentos escultóricos, incentivos fiscales para los frentistas… Y, por supuesto, preservación del adoquinado donde existe. Bastante caro ha sido el precio pagado, hace ya muchos años, cuando se levantó el adoquinado de la calle Acevedo (y eran entonces tiempos de un gobierno de facto contra el cual no había modo de protesta vecinal...).

Los viejos adoquinados del partido de Lomas de Zamora son parte de esa epopeya por la cual el distrito fue dejando atrás la precariedad de sus perfiles rurales, para convertirse en una gran ciudad, dotada de los indicadores de modernidad epocales, que reconocían como modelo a la Capital. Los pueblos de la comarca copiaban a Buenos Aires, en su afán de convertirse en ciudades.

Foto oadm 2019


Remontando los siglos:

Antes de entrar en la historia de los adoquinados lomenses, permítanme referirme a las fuentes remotas de origen de estos pavimentos, para ponderar aún más su riqueza como legado constructivo de nuestras raíces europeas.

Acabo de emplear la palabra "pavimentos". De eso se trata, precisamente. El adoquinado pertenece al conjunto genérico de los pavimentos con que se cubrían los caminos. Y en este  punto, como reza el dicho, "todos los caminos conducen a Roma"… Los romanos fueron los primeros y grandes "pavimentadores" de la antigüedad, empedrando y embaldosando las "viae" (=vías) con losas de piedra, de lava, de basalto o de asperón, siempre sobre capas de mortero. Eran pavimentos resistentes que soportaban el paso de grandes carros (=carrucae) o de legiones enteras, y lucían prolijos y elegantes.

Permítanme citar un viejo texto de la Revue Génerale de l'Architecture et des Travaux Publics (Paris, 1840), tan conciso como iluminador:

Il est évident que les Romains avaient eu pou but surtout la consolidation du sol; qu´ils avaient observé que, plus une chaussée était unie et résistante, plus le parcours en était facile, et tous leur travaux tendirent á obtenir ce double résultat  (…) un sol factice, résistant, et qui devait rendre tout tassement, tout enfoncement impossible. Ils le composaient de couches d´empierrement battues fortement, et superposées de massifs en béton qui en formaient un corps solide et compacte.
C´était sur une semblable fondation qu´ils établissaient le pavage forme de gros blocs de granit ou de lave irrégulières, mais parfaitement joints (…) Les Romains sont encore notre maîtres...

El sistema debió ser muy bueno, porque prevaleció en Europa por varios siglos, hasta la época carolingia. Su desaparición coincide con el quebranto de la infraestructura imperial de servicios: las losas rotas dejaron de reemplazarse o de repararse y así llegamos al siglo XI con un panorama de colapso de estos sistemas. Años más tarde, el rey Luis Felipe pavimentó algunas calles de Paris con algunas grandes losas de asperón, cuadradas y gruesas. Pero lo curioso es que en excavaciones posteriores no se hallaron aquellas grandes losas, sino otras más pequeñas, de unos 40 cm. x 40 cm y 20 cm de grosor, que examinó Viollet-le-Duc y cuya dotación estimó en tiempos de la construcción del Chatelet. Mis alumnos del Seminario de Patrimonio recordarán este episodio. Debieron ser adoquines muy usados, por el desgaste en su cara externa. En los siglos XV y XVI se hizo frecuente el empleo de cantos rodados sobre un lecho de arena.

En cuanto a España, siguió la tradición romana y continuó empleando todo tipo de piedras para pavimentar: granitos, asperones, pedernal, y otras piedras silíceas, y hasta las calizas duras, los cantos rodados, el basalto, el pórfido, las lavas, el gneis y los esquistos pizarrosos. Todo lo que fuera duro y disponible en las cercanías, era utilizable.

Si me he detenido en esta enumeración no es por pura erudición, sino para mostrar claramente que el empedrado de las calles asume para nosotros el valor de una tradición constructiva, de un paisaje urbano y de un legado de saberes prácticos, que nos viene de nuestras lejanas raíces europeas.

Lo que vino luego fueron complejizaciones técnicas sobre los mismos principios empíricos: piedras naturales sin labra (como los cantos rodados, morrillo, etc.), o desbastadas como las "cuñas", o labradas como los adoquines y pizarras; o partidas, como el MacAdam (de ahí la palabra "macadamización" como equivalente a pavimentación); o incluso balastos con morteros de cemento, huesos de animales, escorias de antiguas minas de hierro o adoquines de madera. En nuestro caso, los primeros sistemas aplicados para la vialidad urbana oscilaron entre el adoquinado (principalmente traído desde la cantera de Martín García) y el MacAdam.


La memoria del oficio

Enfocando el tema desde el punto de vista del patrimonio inmaterial implicado en los sistemas constructivos del adoquinado urbano, no podemos menos que lamentar la paulatina pérdida de aquellos saberes de artesanos y operarios. ¿Cuántos "adoquinadores" competentes quedan de las camadas más veteranas? No lo sabemos. Los pocos que sobreviven deben ser personas de muy avanzada edad. ¿Algún municipio ha encarado un empadronamiento de adoquinadores experimentados?

La pérdida de la memoria del oficio es, sin duda, otro déficit que empobrece la memoria común. Revisando papeles de mi archivo, encuentro una Ordenanza del año 1857, relativa a los "empedradores" en la ciudad de Buenos Aires. Se los denominaba "maestros empedradores", como correspondía a la jerarquía del oficio. Se les exigía el compromiso de "empedrar bien todas las cuadras que se les encarguen", haciéndose responsables del trabajo por dos años. La Municipalidad entregaba a cada maestro empedrador la cantidad de piedras necesarias, y éste asumía el costo de trasladarla al lugar de aplicación, debiendo devolver las piedras y la tierra sobrante por cuadra.

No muy diferentes debían ser, más tarde, las condiciones de contratación en los poblados suburbanos.

Un aviso aparecido en "Don Basilio" el 19 de abril de 1886 convoca a los oferentes de ¡cien mil adoquines!, en entregas de a 25.000, que fueren de buenos cortes, de 15 cm de altura. La entrega debía hacerse en la Plaza Constitución.

Para quienes se interesen en la historia del empedrado porteño, me permito recomendarles los artículos que publicó "La Revista de Buenos Aires" en 1867-1868-1869.


Un poco de historia lomense:

Pero volvamos a nuestro pasado inmediato y hagamos un poco de historia lomense: en 1886 don Francisco J. Meeks dona una fracción de su chacra para la apertura de una calle que sería la primera adoquinada, desde Laprida hasta Garibaldi y de allí hasta la estación de Temperley. Pero no bastaba para mejorar las comunicaciones viales. Debía encararse un plan de pavimentación integral. Fue en 1901, durante la intendencia de Manuel Castro, que se licitó la pavimentación de 125 cuadras en Lomas-Banfield-Temperley, de las cuales 25 eran de adoquinado de primera calidad (comprendiendo la avenida Gazcón, hoy Alem, desde Laprida hasta Banfield; y la calle Maipú, desde la estación hasta la iglesia) y las otras 100 de "empedrado común".

Ganó la licitación la empresa de Juan A. Gregorini & Cía. Fue un esfuerzo épico para un presupuesto municipal exiguo, que implicó el arreglo de un plan de pago en cuotas al contratista…¡por trece años! Todavía hoy sobreviven muchos de aquellos empedrados, que tanto costaron. ¿Tenemos derecho a desandar aquel camino que recorrieron nuestros mayores y que nos llega como un legado gratuito? Cada cual sabrá responder.


Conclusión:

Digámoslo una vez más, loud & clear: el adoquinado que permanece en los barrios (cualquiera sea su gama socio-económica) no es un elemento accesorio y descartable de ese paisaje, sino un elemento configurador de identidad, evocador de memoria e indicador de calidad suburbana. Por eso debe ser preservado.

Foto oadm 2019





miércoles, 24 de abril de 2019

CARTAS DE GARDEL

Prosa editores/ Mecenazgo Cultural, Buenos Aires, 2019. 
60 pp. y un DVD.UN NUEVO LIBRO DE ENRIQUE ESPINA RAWSON (ACERCA DE UN TEMA QUE NADIE CONOCE MEJOR QUE ÉL)

Por Oscar Andrés De Masi para Viaje a las Estatuas 

He aquí un nuevo libro de Enrique Espina Rawson, acerca del tema que quizá mejor conoce y que,   seguramente,   conoce   mejor que el resto   de   los historiadores del tango: Carlos Gardel. Un libro que se abre con una foto inédita de Gardel y que se lee "de un solo sorbo" (como decían, en la tertulia erudita porteña, los Trelles, losPeña, los Mitre los Casavalle o los Lamas):  con facilidad, velocidad y gusto, porque es breve,   porque está  escrito   en   un  lenguaje accesible  y  sin   rebuscamientos, y porque en sus páginas hablan, mayormente, los dos autores de la correspondencia, que   son   Gardel   y   Defino,   el   artista   y   su   representante;   o,   mejor   dicho,   dos argentinos unidos por una franca y leal amistad. Precisamente, esta última nota de franqueza y lealtad, revela por simetría inversa, una trama colateral de bajezas y oportunismos que rodeó a Gardel en su momento de mayor triunfo, y que la eficazacción de Defino pudo desbaratar. En este libro, Espina Rawson opta por escribir poco, para conceder la palabra a sus protagonistas. He allí un mérito que concierne a la naturaleza de los documentos epistolares: su elocuente autosuficiencia. Y más aún en este caso, como recalca Enrique,   donde   los   autores   de   la   correspondencia   no   imaginaban   estar construyendo un documento escritural para la posteridad. Enhorabuena, pues, este abordaje de la "etopeya" (esta precisa palabra se escribecon "t" y no con "p"; y si no se entiende, búsquese en el Diccionario de la Lengua) gardeliana;   máxime,   cuando   el   género   epistolar   es   objeto,   hoy,   de   una   nueva valoración historiográfica, museológica y literaria, con análisis interdisciplinarios que se   enriquecen   con   aportes   hermenéutico histórico-sociales,   antropológicos, psicológicos y caligráficos, que van más allá de la lingüística y la crítica textual. Son cartas de circunstancia, escritas y remitidas por "vía aérea", con la premura volante de los asuntos que en ellas se plantean (rupturas de vínculos remanentes con   Razzano   o   con   Isabel   del   Valle,   administración   financiera,   contratación   de músicos y actores para los rodajes en Nueva York, avances en la construcción de una   casa   en   Carrasco   etcétera).   Y   sin   embargo,   en   la   prieta   concisión   de   su escritura, contienen un mundo de sentidos gardelianos y epocales: la hombría de bien del artista, el amor por su madre y sus padrinos, el recuerdo de los amigos, la capacidad de olvidar enojos, la lucidez de su mirada acerca del giro de su propia carrera artística, la visión empresarial  con   ansias de autonomía, el potencial del desarrollo de la industria fílmica en el país, el apego al turf, el conocimiento del medio   artístico   nacional   y   la   experiencia   de   las   limitaciones   del   medio norteamericano   de   entonces…Aspectos   todos   ellos   que   Espina   Rawson   ha remarcado preliminarmente.
Las cartas revelan a un Gardel íntimo, descontracturado, entusiasta y multifocal, pletórico de iniciativas, dotado de inteligencia práctica, apostando por un futuro que vislumbra como  próximo, emprendedor y  exitoso, en la  tierra de su pertenencia: Buenos   Aires.   El   artista   se   retrae,   para   dar   sitio   preferente   al   empresario sudamericano,   que   comienza   a   perfilarse   en   una   escala   capaz   de   negociar   y competir con la industria del Norte. En ese sentido, las cartas no se detienen en lirismos y reflejan los impulsos de materialismo que son parte de la cultura argentina de la época  y, tal vez, de todas nuestras épocas. También allí, inevitablemente, Gardel recapitula nuestra idiosincracia.  En su caso, la intencionalidad crematística del   Gardel-empresario   ofrece   al   público   consumidor   la   contraprestación   de   un producto cuya calidad superlativa garantizaba el Gardel-artista. Armando   Defino   no  le   va  en  zaga:   es  ejecutivo,  es   laborioso,   es   criterioso,   es metódico, es categórico, es cumplidor. Y hasta suple de algún modo al hijo ausente, en la cercanía  doméstica de  doña Berta Gardes. Ya son un núcleo inextricable: Carlos, Armando, Berta. Quizá, también, Le Pera. Lo demás es la periferia afectiva, hecha de anillos concéntricos de proximidad. Y por fuera del círculo, las rémoras de afectos que ya no lo son. ¿Despiertan, éstos últimos, resentimientos en Gardel? En absoluto:   como   él   mismo   escribió   a   modo   de   imperativo   ético:   se   devolverán gentilezas por sinvergüenzadas. He allí a Gardel en la plenitud de una grandeza humana que la correspondencia pone de relieve. Su  grandeza artística no requiere epigrafía. La suma de ambas excelencias, como si allí resonara el eco de la areté de los griegos, hacen de Carlos Gardel un arquetipo porteño. Es, a su modo, nuestra versión épica y vernácula del héroe trágico. Por otra parte, las frases seleccionadas por Espina Rawson permiten apreciar, en el modo   de   la     escritura   coloquial   de   ambos   remitentes   (¿podríamos   llamarlo   el "estilo"?) una ostensible naturalidad, que se complace en la ironía, el sarcasmo y la paradoja (con efectos casi literarios, muy bien logrados), pero que no transgrede el umbral de un tono respetuoso, comedido y culto, como lo califica el autor. Aún en lo prosaico  de  sus   temas   dominantes,   y   apelando,   en   el   fragor   litigioso   de   ciertos asuntos, a algún que otro ex abrupto, no hay concesión a la vulgaridad. Tal era la educación de matriz escolar y la impronta de los modales familiares de aquellos porteños de antaño. La correspondencia en que ha espigado con buen  ojo Espina Rawson contiene, como he señalado antes, otros registros semánticos, que exceden a la figura de Gardel.  Son registros  de  época.  O,   quizá,  son  registros  del  final de  una  época, dorada e irrepetible en la historia de Buenos Aires.  Las cartas nos hablan de una sociedad en transición, y de los gustos y costumbres de esos estamentos medios, vástagos   de   la   inmigración   aluvional   de  fin   de   siècle.    Nos   hablan   de   menús habituales en mesas copiosamente servidas, que quizá Marcela Fugardo y PaulaCaldo, desde su expertise alusivo a los recetarios rioplatenses, nos puedan explicar con más detalle. Nos hablan de la praxis de una sociabilidad construida a partir, precisamente, del encuentro en torno de una mesa dispuesta en una casa de barrio. Nos hablan de los éxitos y los fracasos de las producciones teatrales locales. Nos hablan de la popularidad creciente de tal o cual actriz argentina. Nos hablan de la penetración   sistemática   de   la   industria   cinematográfica   norteamericana   en   los mercados sudamericanos, no siempre de la mano de la calidad de sus productos, como solemos suponer. Nos hablan de los costos y las ganancias derivadas de aquella incipiente industria audiovisual. Cada capítulo, postulado en base a estas fuentes primarias, podría operar como el punto   de   partida   de   un  ulterior   estudio   pormenorizado,  que   eche   mano  a   otras fuentes. Tal es la riqueza heurística de estas sesenta páginas que condensan un corpus documental auténtico. Y para aquellos que prefieran la lectura directa de las cartas, el autor (que quizá ha evitado profundizar en la transcripción de detalles que su respeto a la privacidad prefiere omitir) ha tenido la deferencia de acompañar el texto  impreso  con   una   compilación   facsimilar   digital   (en   la   que,   además,   puede apreciarse esa caligrafía varonil y pulquérrima de Gardel). ¿Qué más se puede pedir de una obra que pretende ser honesta con los lectores, justiciera   con   los   protagonistas   y   coherente   con   las   ya   conocidas   convicciones gardelianas de Enrique Espina Rawson?


miércoles, 3 de abril de 2019

EL EDITOR DE NUESTRO BLOG DISERTÓ EN EL MUSEO AMERICANISTA DE LOMAS DE ZAMORA


Por Imafronte
Para http://viajealasestatuas.blogspot.com.ar
Abril de 2019



El día  27 de marzo en horas de la tarde, invitado especialmente por el Instituto Histórico Municipal de Lomas de Zamora para dar comienzo a su ciclo de conferencias, se hizo presente en el Museo Americanista el Dr. Oscar Andrés De Masi. El tema propuesto fue "La memoria histórica de Lomas de Zamora a través de sus monumentos".

Un público numeroso que colmó la pequeña sala siguió con atención las explicaciones del expositor, quien, para esta ocasión, propuso , a modo de introducción, dos matrices analíticas previas, ambas de su autoría: un marco teórico y unas invariantes interprelativas.

Fue de interés la distinción realizada entre los distintos bienes conmemorativos, según "especies" y "escalas": desde los grandes conjuntos monumentales, las estatuas, los bustos, los monolitos, pasando por las placas de bronce y las lápidas conmemorativas, las medallas, las piedras fundamentales, las cápsulas de tiempo, los mástiles conmemorativos y hasta los retoños de  árboles históricos. "Todos pueden considerarse monumentos intencionados- en términos de Riegl-, cada uno en su escala y alcances, porque han sido creados para conmemorar, para perpetuar una memoria identitaria, que es la memoria de una comunidad", señaló De Masi.

Tras esta introducción, el disertante recorrió junto al público el repertorio de numerosos ejemplos en las diferentes localidades del partido de Lomas de Zamora.




De Masi facilitó a los presentes un esquema con el  relevamiento preliminar de bienes conmemorativos lomenses, que viene realizando desde hace ya treinta años. En el origen de ese empeño investigativo tan puntual, el orador destacó, a modo de homenaje, los nombres de Carlos Duchini, Alberto de Paula y Luis Buján: Todos ellos queridos y recordados amigos…

Finalmente, prometió tener finalizado, para el año 2020, un libro con estos contenidos. Lo esperamos!

Se hallaban presentes en la sala la presidenta del IHM María Cristina Echazarreta y los miembros  de número Carlos Pesado Palmieri, Norberto Candaosa, Carlos Ferandez, Blanca María Riccardi, Margarita Casas, Jorge Alberto Origone, Alfredo Grassi y Pablo Willemsen. También, museólogas, docentes, miembros de la ONG FuenteOvejuna, periodistas y vecinos interesado en el tema. No asistieron funcionarios municipales ni eclesiásticos.





sábado, 16 de febrero de 2019

UNDER A CURSE... NADA NI NADIE DETIENE LAS DEMOLICIONES EN BANFIELD…Y EN ADROGUÉ



 

Por Oscar Andrés De Masi
Para Viaje a las Estatuas
Febrero 2019

Nada ni nadie detiene las demoliciones de casas de antaño en el partido de Lomas de Zamora y, ahora también, en Almirante Brown. En este caso, nos referiremos a las localidades de Banfield y de Adrogué.

En el mes de abril del año pasado comentamos la rápida y completa demolición de un chalet pintoresquista del constructor local F. Rossi, situado en la calle Capello al 100, en Banfield. Al cabo de un tiempo, también cayó abatido su chalet vecino hacia el Oeste. Ambas casas guardaban una correcta escala y dialogaban un mismo lenguaje expresivo, tan identitario para esa zona. Ya nada queda de ellos.

Apenas a doscientos metros, en la avenida Hipólito Yrigoyen nº 7930, fue demolida una vivienda "racionalista" de dos plantas. Como señalamos entonces, no era, quizá, un ejemplar esplendoroso de la arquitectura local, pero guardaba correspondencia epocal y de lenguaje con un par de viviendas en la vereda opuesta de la avenida. Se trata del acelerado cambio degradante que experimenta el paisaje urbano del partido de Lomas de Zamora, trasegado por una constante: el repudio al pasado, la supresión de la memoria edificada del distrito y su canje por un presente advenedizo, desarraigado de las tradiciones locales y despojado de todo abolengo. Así están las cosas…

Ahora le tocó el turno a una bella y singular residencia en la esquina de Larroque y Manuel Castro (en los confines del Barrio Parque Martínez), de lenguaje Neoespañol o Neocaliforniano o Mission Style o Santa Fe Style, como Ustedes prefieran rotularlo. De chicos la llamábamos "la casa de Don Diego de la Vega" o "la casa del Zorro", por lo que suponíamos que era su semejanza con las "haciendas" de la California española (Los Ángeles, Monterrey) que veíamos en la serie de TV "El Zorro".


 Foto oadm (2013).

La armonía de volúmenes y de líneas del edificio iba acorde con detalles muy logrados, como el imafronte-portal, el mirador, la claustra, la galería, con su "poyo" corrido revestido en hermosas mayólicas árabe-andaluzas, del tipo que fabricaba la casa Ramos Rejano… Nada queda en pie. Fue arrasada por sus nuevos dueños, quienes, seguramente, desprecian el valor patrimonial de aquel edificio e ignoran las invariantes históricas de aquella arquitectura y de aquel paisaje identitario. ¿Qué rol le cabe, en estos casos, al "Programa Patrimonio Lomas"? Vaya uno a saber. ¿Qué se levantará en su lugar? Es fácil imaginar (según la experiencia que se viene reiterando casi infaliblemente en la zona) que será un nuevo adefesio.

 Foto oadm (2013).

Y cuando pensábamos que Adrogué venía preservando un poco más que Banfield los valores de su arquitectura tradicional, nos enteramos de la demolición, con la velocidad del relámpago, de una casa de Della Paolera, de estilo anglo, en pleno casco histórico, en la calle Brown 1297. Cerca de allí sobreviven un par de casas proyectadas en unidad de lenguaje por el arquitecto Mario Buschiazzo. ¿Correrán la misma suerte algún día?


Foto cortesía CR.

Se dice que la demolición no contó con permiso municipal, ya que existía una protección de conjunto. ¿Fue burlado el poder de policía edilicio de la Municipalidad? El concejal opositor Carlos Regazzoni fue uno de los pocos que se quejaron en voz alta. También lo hicieron algunos vecinos, en las redes sociales.

Por su parte, el apellido Della Paolera (ya se trate del ingeniero Carlos María, ya del constructor Cayetano) tiene una estimada resonancia local.


Foto cortesía CR.

Las dos casas demolidas que venimos comentando eran edificios de valor patrimonial, de discreta belleza, de óptima calidad constructiva. Agregaban valor estético al paisaje urbano de su emplazamiento. Y para los lugareños de Banfield y de Adrogué, se cargaban de aquellas nostalgias asociadas a nuestro propio pasado y que son el meollo de nuestra memoria identitaria.

Las destrucciones llevadas al extremo de la "desaparición" (y utiliza o esta palabra, consciente de su carga histórica y moral en nuestro medio argentino…) de ambas casas son un daño irreparable para los barrios en que se ubicaban. Si gana un inversor (en términos de renta inmobiliaria) lo hace a expensas de la pérdida para la comunidad, en esa cadena de valor social que llamamos la cultura, y cuyo eslabón frágil es el patrimonio y sus componentes asociados, materiales e inmateriales, edificados o naturales. 

Ante las dos deplorables pérdidas, sostengamos estas cuatro verdades, con la fuerza de un manifiesto:

1. Las casas históricas demolidas son un recurso no renovable.
2. La buena arquitectura demolida no tiene reemplazo.
3. Los árboles y jardines antiguos abatidos tardarán mucho en crecer nuevamente.
4. Un paisaje urbano degradado no se recupera ni pronto, ni fácilmente, ni a bajo costo.

¿Serán capaces de entenderlo de una vez quienes, investidos de autoridad municipal y representación popular, deberían velar por aquellos valores con los cuales se construye la identidad común y la calidad de vida del conjunto local?


  Foto oadm (2013).