La mirada y la interpretación de Oscar Andrés De Masi, arqueógrafo

lunes, 13 de junio de 2022

CEMENTERIO ALEMÁN Y CEMENTERIO BRITÁNICO DE B. A. PALABRA CUMPLIDA...


Hace ya más de ocho años me comprometí con las autoridades de ambos cementerios en el sentido de lograr un proyecto de restauración de ambas capillas y del pórtico del Cementerio Alemán, con financiamiento del Estado Nacional.

Las tramitaciones fueron largas y, por momentos, arduas. Por fortuna, hubo numerosos amigos y amigas, dentro y fuera de las instituciones interesadas, que mostraron sensibilidad ante el patrimonio monumental de la diversidad de ritos religiosos, y apoyaron mis gestiones. Todos ellos sumaron su cuota de colaboración y de confianza. Gracias a ellos y a ellas, mi esperanza no decayó en ningún momento.

Aquella palabra empeñada quedó honrada, y aquel compromiso quedó cumplido, el sábado pasado, cuando en una brillante ceremonia desarrollada en ambos enterratorios, los representantes del Ministerio de OO.PP junto a los directivos de la CEABA y de la Asociación Civil del Cementerio Británico, cortaron las cintas ante ambos edificios, como signo rirual de su repaertura y de la recuperación de su esplendor original.

A todos ellos les digo gracias y especialmente a mis principales compañeros de ruta en este itinerario de más de ocho años: Peter Becker, Matías Storni, Guillermo Janecki, Andrew Gibson, Guillermo Frontera y Rubén Otero.











viernes, 13 de mayo de 2022

EN RECUERDO DE ALBERTO S. J. DE PAULA: UN DIBUJO JUVENIL

 


Por Oscar Andrés De Masi

 

Desde hace ya 14 años, cada mes de mayo trae el recuerdo de la partida de Alberto de Paula. Y para sus amigos, es deber de aquella memoria agradecida -que supo explicar iconológicamente Césare Ripa- el pronunciar su nombre en voz alta, como llamándolo al presente continuo del memento, donde su magisterio se nos reitera sin cesar.

 

Y ante la efemérides contrasta, una vez más (¿de qué asombrarnos a esta altura?), el silencio de las instituciones (institutos, juntas, comisiones, museos, universidades…) que tanto le deben a Alberto. Como dije alguna vez, vislumbrando con amarga clarividencia este rumbo inexorable de la amnesia oficial, pasamos de la “memoria ritualizada” de los primeros y concurridos homenajes póstumos, a esta “memoria privatizada” ante el atrio y el fuego íntimos, que es privilegio del apretado manípulo que se resiste a olvidar “los humildes honores de las casas paternas”, que es como decir la honra que nos han dispensado “nuestros maestros y nuestros mayores”.

 

Alberto fue ambas cosas, no por los linajes de la sangre común, pero sí por el  parentesco espiritual que acrisola la amistad probada, generosa y sapiente. Su abolengo intelectual y moral ha quedado impreso en muchos de nosotros, que lo aceptamos y lo portamos como un legado, con la gravitas que impone el respeto, pero, a la vez, con la empatía propia del más cercano afecto.

 

Elegí en esta ocasión, de entre los objetos y papeles de Alberto que aún conservo, una pieza del todo singular, que nos conduce al país de su adolescencia, cuando hallaba en la Historia un motivo de lectura atractiva, pero no todavía un oficio definido ni un hábito inclinado a la indagación documental. Y cuando ya se insinuaba el habitus de ese puntilloso calígrafo inclinado al dibujo, que demostró ser luego.

 

Es un documento gráfico de 1952, cuando Alberto tenía 16 años y cursaba el tercer año de sus estudios secundarios en el Colegio Nacional “Almirante Guillermo Brown” de Adrogué. Se trata de la carátula de su carpeta de la asignatura Francés, dictada por la profesora mademoiselle B. Lynch. Lamentablemente no conservo el cahier entero, pues solamente quedaba esa portada suelta, que pueden ver aquí y que donaré próximamente al Museo Americanista de Lomas de Zamora.

 

Allí pegó Alberto una prolija Flor de Lis que antes había dibujado y recortado, y luego contorneado con un listel gris plata, y finalmente coloreado en azul de Prusia, en celeste claro al centro y en rojo carmín. Si quiso representar la bandera francesa, erró en el color del centro. Pero más bien me parece que pretendía darle a la viñeta un toque heráldico o blasonado, y de ahí los colores que eligió, que no hacen mala combinación, sino lo contrario.

 

Con pulcra caligrafía gótica, en tinta china negra, consignó los datos de la asignatura, subrayada con un filete y, por debajo, una más fina lanza. Más allá del correcto y grácil delineado de las letras, hay un gesto casi diríamos expresionista en el alargamiento del remate (serif) de la “s”, cuyo trazo inferior interrumpe la línea del subrayado, provocando un cisura elegante, amortiguada por la aureola que se produce alrededor de la terminal de la letra, separada por este espacio sutil de la continuidad de las líneas a ambos lados. Es casi imperceptible a primera vista. Tan detallista es su aciculado trazo, que delata el empleo del plumín de punta fina.

 

También registró con la misma tipografía los datos de su profesora, de su curso, del año lectivo 1952 y de su propia identidad, resumida en A. S. de Paula (Alberto Salustiano), sin la “J” de José, que luego añadiría invariablemente a su nombre entero.

 

Es sin duda mera coincidencia que la Flor de Lis sea, a menudo, utilizada como símbolo de perfección. Pero en el caso de Alberto de Paula, el esfuerzo perfeccionista que denota esta sencilla carátula escolar preludia, ya, al científico minucioso, riguroso y disciplinado que iba a ser, con los años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


miércoles, 11 de mayo de 2022

ANTICIPO BIBLIOGRÁFICO GACETA BOOKS

Una buena noticia, para los que tuvieron paciencia.

Coming soon...









lunes, 25 de abril de 2022

CUESTIONES DE LÉXICO EN ARQUITECTURA PATRIMONIAL: UNA ACLARACIÓN DEL EDITOR DE NUESTRO BLOG

Señores diario "La Nación"

En el interesante artículo publicado el 16 de abril bajo el título de "Una fachada con 680 ojos que miran a los transeúntes" se utilizan algunas palabras que valdría la pena calibrar en homenaje a la riqueza de vocablos que nos provee la lengua española para designar con cabal precisión a los miembros arquitectónicos de un edificio.

Se dice en la nota que los "atlantes" del edificio Otto Wulff "cumplen el rol de columnas" (sic). En rigor, aquellas ocho figuras (que también podrían denominarse "telamones" o "agobiados") lucen como gigantescas ménsulas o impostas o repisas esculturales en el tramo superior del basamento. Careciendo de basa, fuste y capitel sería harto dudoso llamarlas "columnas".

Además se mencionan "dos torres cupuladas" (sic) que culminan en "dos altas agujas" (sic), cuando en rigor debería decirse que se trata de dos mansardas acupuladas yuxtapuestas, que rematan en sendos "chapiteles", toda vez que para ser agujas su clivaje debería adoptar una silueta "aciculada", en lugar de la morfología más bien campaniforme de sus cubiertas, sostenidas por los edículos del remate.

Saludos cordiales

Dr. Oscar Andrés De Masi

Ex Vocal Secretario de la Comisión Nacional de Monumentos y Lugares Históricos

Ex Regente de la Escuela Nacional de Museología

Ex profesor de la asignatura Patrimonio Monumental en la misma Escuela Nacional




lunes, 18 de abril de 2022

EN MEMORIA DE ROLANDO ALONSO

Queridas ex compañeras y ex compañeros:

 

Le prometí a Dora que iba a escribir unos pensamientos acerca del compañero Rolando, porque siento no sólo el deber moral de hacerlo, sino la necesidad de solidarizarme con la tristeza de Ustedes.

 

Rolando Alonso partió de esta vida demasiado temprano y de repente. Con la súbita premura de lo inesperado, como una ráfaga, así llegó la noticia. Y, por lo mismo, se volvió tanto más increíble. Aún ahora mismo, las palabras que discurren en el texto se resisten a nombradlo en pasado.

 

Rolando, sin ser viejo en absoluto, era uno de los recursos humanos del Área Técnica de la “vieja guardia”, que va mermando de a poco. Como aquel álbum de la banda Génesis cuyo título traducíamos a finales de los 70 como “Entonces quedaron tres…”, su ausencia deja, hoy, únicamente, a dos en pie. Así se va retirando y perdiendo una generación de trabajadores valiosos en ese departamento técnico, para un organismo  devaluado, que ni ha sabido ni ha querido sostener su sede fundacional, en el histórico Cabildo de Buenos Aires.

 

Nunca me sentí con la confianza suficiente como para llamarlo “Rolo”, como lo hacían Ustedes, ni con la distancia innecesaria de llamarlo “Alonso”. Para mí era sencillamente “Rolando”, sin posibilidad alguna de confusión, porque no había otro Rolando en la oficina. Y aunque lo hubiera habido, sus notas de carácter personal acentuaban esa fuerte identidad consigo mismo.

 

Ah, ese carácter!…Porque no faltó, alguna vez, entre nosotros, la tirantez de una discusión que, por la aspereza levantisca de sus reflejos, parecía más ríspida de lo que era en verdad. La cosa pasaba rápido y sin rencores. Porque, en el fondo, las discrepancias no fueron ni tan graves ni tan insalvables, y creo que el respeto mutuo fue una constante. Al menos así debía ser, con más razón, entre jugadores de tenis, aunque no llegamos nunca a medir la eficacia de nuestro slice o nuestro top-spin en el court. Fue un desafío amistoso pendiente.

 

¿Cuánto y de qué calibre fue su aporte a la gestión de la Comisión Nacional de Monumentos? Yo no podría medirlo, pues la inerrancia de la respuesta a esa pregunta reclamaría alguna suerte de inventario de cada expediente o cada actuación en que le cupo intervenir como informante técnico. Su carrera fue larga y la experiencia que acumuló fue mucha. Me animo a decir, por pura percepción mía sin pretensiones de hipótesis científica, que llegó a desarrollar un cierto “olfato” empírico para abordar tal o cual caso concreto. Y aunque unas pocas materias nunca rendidas (nunca supe ni pregunté el por qué) lo separaron del título de arquitecto, sus propuestas fueron, en muchos casos, de un indudable e incluso inspirado criterio arquitectónico.

 

Rolando fue uno de los más activos opositores a esa mudanza inconcebible del organismo. Defendió el arraigo al lugar elegido por los “padres fundadores” con entereza y constancia. Aún en mi última conversación por Wapp, hace ya tres meses, me ratificó que él seguía convencido del error que implicaba el haber abandonado aquel edificio. Y que seguiría bregando desde las redes sociales, que son canales legítimos y democráticos para alzar la voz ante la fuerza bruta de las decisiones arbitrarias y los hechos consumados. Rolando no guardó silencio frente al desprecio simbólico de la memoria institucional.

 

Acaso fue su última lucha en favor de una causa que concierne, precisamente, a la materia prima intangible con la cual opera toda gestión honesta del patrimonio monumental: la memoria, el arraigo identitario y el sentir de los trabajadores y trabajadoras del organismo. Y así ocurrió que aquella causa (que era justa) y aquella convicción (que compartíamos sin retacos) nos terminó hermanando, más todavía que los once años de trabajo en común.

 

Si tuviera que espigar en mis recuerdos de esos tiempos idos, para elegir, según mi prisma personal (asaz falible por cierto), el “momento” de Rolando, el “kairós” de su mejor lucimiento técnico, me quedaría con aquel “paquete” de declaratorias de clubes deportivos que preparó y justificó ante el directorio, con éxito, según fui testigo. Su tarea redundó en un decreto del PEN que abrió el surco a un sistema novedoso de bienes patrimoniales que gozan del afecto popular, en la agenda de la Comisión Nacional. Sin proponérselo, allí dejó la huella de un legado.

 

Más recientemente, supe de su intervención en el informe requerido por la Cámara de Diputados respecto de la casa natal de W. H. Hudson y su predio rural, en Florencio Varela. Tanto el director del Museo Hudson como su museólogo (un tanto escépticos a esa altura, a causa del extravío de un anterior expediente de declaratoria, entregado en mano a un vocal…) me trasmitieron la amistosa visita que Rolando hizo al lugar y las inmediatas concordancias de sus puntos de vista. Días más tarde, el propio Rolando me expresó telefónicamente sus impresiones y su valoración del sitio y, en especial, de la vieja casa. Su ponderación de esta última resultaba más justa y generosa (él proponía asignarle categoría de monumento histórico nacional, en un todo de acuerdo con el proyecto de ley remitido por la Cámara de Diputados y en cuya redacción yo mismo intervine) que la decisión última del cuerpo colegiado.

 

¿Qué más podría agregar? Ustedes son, sin duda, como camaradas en la labor cotidiana, los mejores intérpretes del impulso que animó la vida, las acciones y los anhelos de Rolando Alonso. Por lo demás, la tristeza suele ser más indigente en palabras que el gozo.

 

Y ahora que la morada definitiva de Rolando es el infinito, y ahora que sólo nos queda la empatía del recuerdo para intentar suplir su ausencia, que será permanente, me animo a despedirme de aquel compañero pronunciando por vez primera el apócope de “Rolo”. Y no lo hago por impostar el gesto demagogo del amiguismo póstumo, sino porque encuentro en el memento que habita ese apodo cariñoso de dos sílabas que reiteran la misma vocal, la más solidaria cercanía con Ustedes, que así lo nombraban todos los días pasados y que así lo recordarán todos los días venideros.

 

Reciban la expresión de mi inalterable y sincero afecto.

 

Oscar Andrés De Masi

14-IV-2022

 



 

miércoles, 6 de abril de 2022

miércoles, 30 de marzo de 2022

JULIO CACCIATORE COMENTA UN LIBRO DE OSCAR DE MASI Y MARCELA FUGARDO: LA QUINTA MARÍN IBAÑEZ, PATRIMONIO DE SAN ISIDRO.

Para leer la recensión completa, copiar y pegar el siguiente link a la barra del navegador:

https://drive.google.com/file/d/1RNgEVVAZoAauUyhK_qzQu6mw9rB7YT53/view