La mirada y la interpretación de Oscar Andrés De Masi, arqueógrafo

lunes, 15 de mayo de 2023

JULIO VILLALONGA. IN MEMORIAM

Por Oscar Andrés De Masi

 

A Julio Villalonga lo conocí en setiembre de 2020, cuando nos presentó en La Biela el común y querido amigo Ignacio Bracht. Desde aquel día, el celebérrimo bar recoletano sería punto de encuentro habitual para los tres. Allí tomamos el último café, el 7 de febrero, en el tórrido verano de este año.

 

Recuerdo que esa tarde hablamos de política, que era el tema recurrente, pero también de historia, de libros y del uso del lenguaje, que eran temas igualmente recurrentes. Y recuerdo, además, ese momento inesperadamente más intimista de la conversación, cuando al pasar comenté lo afectado que me sentía por la muerte reciente de Simón (un gatito persa muy bondadoso, a quien yo quería como a un hijo). La reacción de Julio y de Ignacio fue de una inmediata empatía: ambos evocaron con visible emoción la pérdida de sus mascotas (perritos enfermos que debieron ser sometidos a eutanasia, en los dos casos) con el paroxismo coral de una cicatriz abierta, de la cual aún manaba la sangre de la pérdida.

 

En ese instante, fugaz como un parpadeo pero profundo como un océano, comprendí que, en el fondo, lo que cimentaba nuestro vínculo no eran los tópicos que desgranábamos en cada reunión, sino aquel “sentido de la humanidad” (Gefühl für Humanitat), que siguió enarbolando un agonizante y tembloroso Immanuel Kant como soporte moral de su existencia.

 

Ahora, en una mesa de La Biela, venía yo a descubrir que en la capacidad de compasión y de amor hacia los animales también fincaba un núcleo de afinidad que ya antes sabía compartido con Ignacio, pero que ignoraba que, además, podía compartir con Julio. Fue una epifanía que, en este momento de miradas retrospectivas, provee una clave más para interpretar la figura humana íntegra de Julio Villalonga.

 

Forzosamente -porque en menos de tres años nadie consume una talega de sal, medida que Aristóteles estipulaba como el mínimum para cimentar una amistad-, nuestro vínculo fue fronterizo: cercano a la amistad pero a la vez incompleto, porque donde sobró la empatía faltó el tiempo. Y por ello debo excusarme, en este memorial que me dicta el afecto y la gratitud, de evocar otros aspectos de la personalidad de Julio que, aunque pude intuir, no alcancé a frecuentar.

 

Sin perjuicio de ello, me permito espigar en mi memoria un par de notas profesionales ostensibles en él, que advienen, a la vez, al modo de cualidades éticas, advirtiendo, con Aristóteles nuevamente, que la “cualidad” viene a ser el accidente más estable del sujeto, y que le pertenece como rasgo distintivo de su carácter.

 

El análisis periodístico era en Villalonga, a mi juicio, una constante. Quiero decir con ello que cualquier aspecto de la actualidad (ya que de eso se trata el objeto formal del periodismo en el sentido más clásico y decente) era para él susceptible de ser analizado. Su argumentación quedaba atada, pues, a las formas de una dialéctica rapidizada por un pensamiento fluyente y siempre fundamentado en hechos de la realidad y en lecturas maduradas, de tal guisa que lo ideológico nunca era una interferencia en su conversación.

 

Si su pensamiento acerca de la degradación política y social argentina era seriamente crítico, tenía la lucidez suficiente para identificar las raíces culturales de esa vertiginosa decadencia. Sabía de sobra que, en este plano, la Argentina conoció tiempos mejores y logros más airosos. Por eso indagaba, afanoso, en la factualidad de una historia no tan distante de nuestros días. Su entrenamiento como polemista y su capacidad como lector le facilitaba esa operación interpretativa que, a diferencia de muchos de sus colegas de oficio, lo alejaba de cualquier cliché prefabricado. Por eso daba gusto escucharlo, aun cuando la coincidencia con su enfoque no fuera del 100%.

 

En cualquier caso, sus afirmaciones se basaban, invariablemente, en un cúmulo de decantada información y se orientaban (también invariablemente) en el sentido de un genuino patriotismo. Pensar y repensar la Argentina, en el marco de una batalla cultural actual y no en potencia, era un ejercicio intelectual que para Julio valía la pena sostener, sin caer ni en la ingenuidad naive ni el cinismo de la corrección política agendista.

 

La preservación del portal Gaceta Mercantil como un medio independiente, en el marasmo babélico de plataformas digitales o periódicos impresos, sesgados y direccionados  de acuerdo a intereses extrínsecos al hecho noticioso en si mismo, fue poco menos que una epopeya. Sabemos de sus desvelos por obtener auspiciantes, sin renunciar un ápice a la imparcialidad como editorialista y al pluralismo de ideas como consigna de contenidos. En este último aspecto, supo dar cabida a las posiciones más variadas y jamás impuso a quienes colaboramos en Gaceta Mercantil censuras previas ni otro tipo de condicionamiento a la libertad de expresión. En mi caso, publicó todos los artículos de tema histórico o artístico que le envié, sin cambiarles una coma, reservándose la única y legítima atribución de poner él los títulos, por obvias razones de mejor edición.

 

Pero no se crea que su generosidad para con los autores hacía del portal una suerte de colectora universal y sin criba de toda cosa escrita que le fuera remitida. En absoluto: era en sumamente estricto en cuanto al rigor de los contenidos (cualquiera fuera su vertiente de ideas) y, muy especialmente, en lo tocante al correcto uso del idioma español. Por otra parte, esa agilidad de lectura que poseía lo convertía en un editor vertiginoso. Recuerdo haberle enviado alguna nota y verla retitulada, subtitulada, ilustrada y publicada, en cuestión de minutos. Hasta el día de hoy no logro explicarme semejante velocidad de edición.

 

De la trayectoria profesional de Julio Villalonga y de sus libros no hablaré, porque de seguro otros lo harán mejor que yo. Pero no quiero omitir la mención de un proyecto que venía fermentando en su pensamiento desde hacía tiempo, que compartió en más de una ocasión conmigo y con Ignacio, y que tiene que ver con la acertada elección del nombre Gaceta Mercantil y su genealogía como órgano de prensa: el homenaje a la pionera Gaceta Mercantil que comenzó a aparecer en Buenos Aires en 1823, y cuyo bicentenario se cumple este año. Un libro ilustrado, con su historia, se perfilaba como un tributo apropiado.

 

En aquel encuentro del pasado 7 de febrero, el asunto regresó a la mesa y volvió a concitar entusiasmo unánime. Acordamos comenzar a sistematizar los antecedentes de archivo, para vernos nuevamente en un par de semanas o poco más, según el tratamiento médico se lo permitiera a Julio. Y al despedirnos en la vereda con un acostumbrado abrazo, y verlo partir con paso tranquilo (porque quiso regresar a su casa caminando), atesoramos la frágil esperanza del reencuentro.

 

Para quienes creen en la promesa religiosa de una vida futura, ese convivio pendiente podrá ocurrir un día, en la inmensa eternidad empírea que vence al tiempo. Para los más escépticos, queda la verdad, no menos inmensa, que se reitera ante cada amigo que emprende la partida irrevocable, y que el poeta español cinceló en palabras lapidarias: nos dejó harto consuelo su memoria.

 

A Julio Villalonga lo vamos recordar, sin duda. Porque ya comenzamos a extrañarlo.




lunes, 30 de enero de 2023

DIBUJANDO EL PATRIMONIO ARQUITECTÓNICO DE LOMAS DE ZAMORA. MI EXPERIENCIA JUNTO A ALBERTO DE PAULA EN LOS AÑOS 80 **

**Versión original publicada el 27 junio, 2017 por la Junta de estudios históricos de Lomas de Zamora en su blog Juntaestudioshistpricoslz.wordpress.com/2017/06/27

Por Oscar Andrés De Masi

(Junio de 2017 - Diciembre 2022)


Ya desde comienzos de los años 80´s, poco después de mi ingreso en la Universidad, comencé con la práctica sistemática del dibujo de edificios y de monumentos escultóricos. Me animó a ello mi amigo y maestro Alberto S. J. de Paula y el hecho de integrar, desde entonces, su círculo más cercano de jóvenes investigadores que, en algunos casos, como el mío, ni siquiera estábamos graduados.

 

La inmensa generosidad de Alberto nos permitió, tan tempranamente, acompañar sus proyectos de investigación e ingresar en ese universo del patrimonio arquitectónico que, para entonces, muy pocos (o más bien casi nadie) abordaba en Lomas de Zamora. El «Centro de Estudios Regionales» fue una plataforma idónea para ello y permitió a un núcleo de investigadores con diversos niveles de madurez intelectual, participar de una nueva manera de abordar la historia identitaria de la zona, en sus diversas vertientes: territorio, urbanismo, transporte, poblamiento, sociedad, periodismo, arte, religión, etcétera.

 

Los nombres de Néstor Onsari, Carlos Pesado Palmieri, Beatriz Portas, Haydeé Epifanio y Eduardo Marcet, Jorge Tartarini y Gladys Pérez Ferrando, Luis Buján, Fernando Solanes y tantos otros que se me olvidan en este instante, jalonan aquel eón dorado, aquellos Goldene Zeitung de los estudios históricos en Lomas de Zamora, que tenía por escenario de reuniones, el edificio señorial de Santa Catalina. La figura patriarcal de don Carlos Duchini, aunque no asistiera a las sesiones, también era parte de aquel momentum irrepetible. Cuando donó su hemeroteca a la UNLZ, recuerdo que me tocó a mi, junto a Alberto, trasladarla en el baúl y en el asiento trasero de mi auto.

 

En mi caso, la cuestión del patrimonio arquitectónico y del patrimonio artístico (esculturas monumentales e imaginería) fueron los focos temáticos principales (aunque no los únicos), compartiendo una línea de investigación (inconclusa) con Alberto de Paula, quien ejercía el rol directivo.

 

Comenzamos una tarea de relevamiento «de campo» que consistía en identificar edificios de valor patrimonial durante una jornada completa, fotografiarlos y dibujar algunos de ellos, según sus directivas o según mi propio interés estético. Debo añadir que, como Alberto no conducía autos para entonces, mi tarea incluía, inexorablemente, el manejo de mi Ami-8 Citröen blanco que, años más tarde, ¡me fue robado una noche de invierno de la puerta de la casa de don Carlos Duchini, en Temperley!

 

Los territorios que relevamos más frecuentemente fueron Banfield, Lomas de Zamora, Temperley y Adrogué. También Turdera y Llavallol, y más raramente el barrio San José, Villa Albertina, Fiorito e Ingeniero Budge. En el caso de estas tres últimas localidades, recuerdo que, movido por la estulticia de los prejuicios burgueses a mis escasos veinte años, intenté cuestionar la necesidad de ir hasta allí, como si se tratara de Finisterra; a lo cual Alberto me respondió, lacónicamente, con el título de una revista. Me dijo: –Todo es historia…–

 

Es obvio decir que, para mí, algunos de esos lugares eran, hasta entonces, uncharted section of the galaxy, como hubiera dicho el Señor Spok,… o Terra incógnita según los romanos…

 

Durante dos jornadas recorrimos también Lanús, Remedios de Escalada, Villa Obrera, Monte Chingolo, Villa Industriales, Villa Caraza, Villa Diamante, y cruzamos el Riachuelo para visitar Pompeya. Zonas que hoy serían, quizá, difíciles de fotografiar sin la presencia de «guías locales». Recuerdo que aquel primer día, apurados por la lluvia (y el apetito de Alberto…), almorzamos en «La Blanqueada» de la avenida Sáenz. Aún conservo en mi poder las numerosas diapositivas que obtuvimos.

 

A otro relevamiento memorable (que abarcó únicamente Lomas, Temperley y Banfield) se agregó Jorge Cohen, quien trajo desde La Plata a un fotógrafo profesional. En una próxima ocasión les relataré aquella jornada, cuando Alberto nos decía casi como una arenga: –Aprovechen a fotografiar, porque en diez años no quedará nada en pie…– “time will tell”, pensaba yo. Una vez más, él tenía razón y el tiempo se la concedió, aunque tristemente.


Si bien Alberto se abocaba a las fotografías (y como digo, conservo aquellas miles de diapositivas o de fotos impresas en papel, tomadas con su cámara Pentax), él insistía en que yo debía dibujar. Y así lo hice, sin demasiada convicción.

 

Su insistencia tenía un propósito que al comienzo no alcanzaba a advertir: muy poco después, me ofreció comenzar a ilustrar sus libros. Recuerdo que fue una tarde, luego de compartir un café, en Lomas (en la esquina de Alem y Rivera, y si no me equivoco, ese café ya no existe) junto a Federico Ortiz y a Raúl Gómez, ambos ya fallecidos, que estaban de visita en Lomas a causa de unas jornadas de Patrimonio. Hablábamos de la fachada de tal o cual edificio demolido y, para ubicarlo, lo dibujé de memoria en una servilleta de papel. Ortiz se sorprendió y le insistió categóricamente a Alberto para que me convenciera de abandonar la carrera de abogacía, e ingresara en la de arquitectura… Alberto le respondió que me había «contratado» como dibujante, para la reconstrucción de edificios demolidos. Ahí supe de mi nuevo oficio.

 

Años más tarde, encontré una convincente justificación de los deberes gráficos que me imponía Alberto, en un texto del arquitecto inglés Quinlan Terry, Architects anonymous (London, 1994), que dice así, a propósito de la práctica de dibujar o de esbozar edificios:

 

The practice of drawing and sketching [buildings] gives a proper perspective to the continuity of history. Its demonstrates how the timeless principles of architecture have been applied at different times, and therefore, how to apply them in our time (…) It may be a whole facade if I can find a building with scaffolding; or it may be simply a baluster, or a staircase, it may be a door surround or a window, or a monument in a church (…) Architecture have become something to be written about (not be locked at) the written word counts for more than the visual image…



Cuando se lo leí a Alberto, muchos años después de nuestros relevamientos «de campo», un domingo a media mañana en el viejo bar «Suárez» de Corrientes y Maipú, se encogió de hombros y se limitó a decirme, con esa ironía humorística tan suya: –No hacía falta ir a buscar un ignoto arquitecto inglés para darse cuenta… pero tiene razón–

 

De los cientos de dibujos del vero en tinta negra o excepcionalmente azul (tinta china o marcador de trazo fino tipo Rotring) que produje en aquella época, pocos fueron publicados. Pero la gran mayoría los conservó mi querido amigo Alberto y por esas circularidades del destino, volvieron a mis manos luego de su muerte, cuando debí ejecutar mi deber de albaceas.

 

Si me decido a socializarlos parcialmente, ahora, no ha de interpretarse como un acto de narcisismo, porque, en verdad, y a diferencia de lo que pensaba de ellos mi generoso amigo, yo juzgo severamente su escaso valor estético. Creo que al darlos a conocer, junto a las circunstancias de su elaboración, vuelvo a tributar un homenaje a Alberto de Paula y a resignificar su figura pionera en la apreciación del patrimonio lomense, y en la necesidad perentoria de preservar un registro ante la inminencia de la pérdida.

 

Más aún, en esta hora en que en Lomas de Zamora han proliferado, como hongos tras la lluvia, los sedicentes «especialistas» en patrimonio arquitectónico y urbano, a quienes nunca los he visto recorrer y relevar el territorio y ordenar el resultado mediante imágenes y fichas, del modo tan intenso y artesanal cómo lo hicimos en aquellos años con Alberto: en la soledad de los precursores… (1).

(1) Para el último relevamiento del año 2000, se sumó mi querido amigo y colega patrimonialista, el arquitecto Pablo Willemsen.















lunes, 12 de diciembre de 2022

BUSCANDO A SALAMONE. RENÉ LONGONI Y EL “CORAL SALAMONIANO”

Por Oscar Andrés De Masi




Ya desde la imagen de la tapa y la tipografía de un título conciso y exploratorio, este libro convoca a la lectura. No es poco para un pórtico. Pero hay todavía otros atrios que atravesar, para adentrarse en el texto y en las circunstancias de la experticia salamoniana de su autor.

 

La primera detención es, como en los atria romanos, un momento genealógico: se trata del prólogo escrito por los hijos de René Longoni (Ana, Matías, Juan y Andrés, compiladores del volumen), que da cuenta del origen disperso, reticular y divulgativo de estos textos, y de la intención afectiva de su traslado a los tórculos, para infinito gozo de quienes seguimos apegados a la galaxia Gutemberg, o sea, al hábito inextirpable de la lectura de la palabra impresa en papel.

 

Sigue el testimonio del fotógrafo Alfredo Fushimi, quien accedió a la obra de Salamone por vía de la narración iconográfica primero (la imago, quizá aurática para él desde el comienzo), y que halló, después, en el discurso de Longoni un instrumento de precisión nivelador de los posibles extremos exegéticos (hoy, que abundan sospechosamente y de repente los intérpretes de Salamone).

 

Finalmente, el prefacio ad hoc preparado por Juan Carlos Molteni -compañero de facultad de René en los años de formación platense y colega en más de un proyecto de investigación- explica el punto de encuentro suyo con el autor, y de ambos, en clave de producción binaria, con Salamone. Y ofrece una síntesis de los temas que aborda el libro. Y, más todavía, propone, al modo de una guía, un itinerario posible de lectura, no necesariamente lineal ni exclusivamente centrado en el personaje principal.

 

Con esto quiero significar que, en el ensamble polifónico de los tres textos prologales, se cifra, como en las ceremonias antiguas, la ritualidad preliminar de este libro, una suerte de proteleia sin nupcias, pero que no podría pasarse por alto. A continuación viene Longoni.

 

Estamos ante un libro que, por su propio génesis, desafía el canon académico, pero  sin renunciar ni al ejercicio crítico de la buena academia (porque hay mala academia también…), ni a las reglas de una amena escritura que no desdeña los guiños coloquiales, si casus ferat.

 

Pretendo decir que esta obra podrá satisfacer al lector no especializado pero ávido de conocimiento (aquel ente hilemórfico a quien Aristóteles atribuía el deseo natural del saber), tanto como al especialista que aún puede aprender algo más acerca de Salamone, de sus contornos epocales y de sus epígonos. Porque, como aquel “espejo que huye” que imaginó Giovanni Papini, cuanto más se habla de Salamone en nuestros días, tanto más parece alejarse de nosotros el ser humano real, reemplazado, en las narrativas “cholulas” (advierto que existe este argentinismo) por construcciones fantasiosas que lo sitúan en el lugar de un demiurgo providencial, solitario como un águila in excelsis, único, irrepetible, iluminado y hasta diabólico. Son las ocurrencias de los seudo historiadores y de los analistas casquivanos, dispuestos a inventar una leyenda mitológica allí donde la confluencia de los procesos estéticos y las condiciones políticas epocales basta para dar una explicación suficiente.

 

Salamone se ha convertido, pues, en un commodity para los charlatanes inoperantes de la gestión pública, para los periodistas frívolos, para los guías de turismo sin escrúpulos científicos y, en general, para todos los recién llegados al mundo del Patrimonio que intentan sacar tajada del festín monumental salamoniano.

 

Frente a este fenómeno, y ya desde antes, se alza la mirada rigurosa del investigador formado y serio, pero a la vez, capaz de pronunciar juicios filosos cuando la ocasión lo reclama, que es Longoni; y que nos invita a asomarnos al universo de una figura notable y poliédrica, que ha sido objeto de estudio y reflexión para él, por décadas y que lo ha movido a insuflar, como docente cabal, entusiasmos salamónicos a tantos colegas más jóvenes. Sólo por esa razón deberíamos escuchar lo que tenga para decirnos.

 

Las páginas de “Buscando a Salamone” no pretenden componer una Summa Salamónica al estilo de Santo Tomás de Aquino, porque la summa, en tanto compendio escolástico, contiene la totalidad de un área del saber. Más bien diría que, pasando del latín al griego, se trata de un epítome, que retiene solamente lo principal.

 

Así, podría afirmarse que este libro contiene unas notas sucintas como apuntes de a bordo, que identifican y sitúan no sólo a Salamone -su vida, su obra, su ascenso, su caída-, sino a su ambiente y sus vínculos políticos, a sus figuras colaterales y a su legado patrimonial. Y todo ello atraído por el vórtice del período 1936-1940, una especie de annus mirabilis de la historia bonaerense, multiplicado por cuatro.

 

Desde el punto de vista metodológico, es de resaltar cómo Longoni toma ventaja de los “informantes” amistosos (como solía hacerlo, mucho antes, Enrique Udaondo), esos hombres y mujeres desplegados en la vasta geografía de ciudades y pueblos donde aún queda mucho por descubrir.

 

Ellos son los sensores remotos del monitor salamoniano que tiene su base de análisis en Mar del Plata. Y son observadores bien sensibles a este tipo de apreciación identitaria que hunde sus raíces afectivas en la frecuentación cotidiana de los paisajes locales, urbanos y rurales. Los informantes cultivan así ese hábito que nos enseñó Panofsky, el hábito de observar e interpretar; y remiten, luego, al amigo erudito, sus hallazgos, para que la criba crítica del experto sea el dispositivo de falsación (como diría Popper) o de verificación finales.

 

Este modus operandi implica, sin duda, que existe generosidad intelectual de ambas partes, que nada queda oculto en el puño, porque las sinergias de una observación o una foto compartida, de un hallazgo noticiado, de una conclusión plausible socializada, beneficia a esa comunidad que forman los hombres y las mujeres que aman el estudio. He allí, también, una marca que define una ética, tanto en el modo de construir conocimiento, como en la manera de conquistar esa verdad relativa a Salamone y su obra, donde lo empírico y lo científico van progresando a la par.

 

“Buscando a Salamone” es, entonces, el enunciado de un programa, es la etiqueta de una travesía personal, es el rótulo de la hoja de ruta de una aventura que parece no tener fin. Porque, consistente con este titulo programático, entre los varios interrogantes que sobrevuelan las 122 páginas de este libro-bijou (por el fondo y por la forma), hay uno, persistente como una llovizna: ¿dónde está Salamone? O mejor dicho,¿Salamone está realmente detrás de todo edificio ejecutado a la maniera salamoniana? Porque el aire de familia de tantas arquitecturas de la vanguardia pampeana o cordobesa no implica forzosamente una paternidad común. Pero de pronto, como la moda es siempre un reguero irrefrenable, los neófitos en la cartografía del patrimonio edificado, descubren al son de crótalos y panderos la supuesta huella ubicua de Salamone, con la misma omnipresencia con que, por ejemplo, suele atribuirse a Charles Thays cuanto jardín exista en la arquitectura residencial de élite en la Argentina. Mientras el afán aspiracional provoca estas exageraciones, el discurso acrítico provoca otras inconsistencias.

 

Pero el maestro sabe distinguir para no equivocarse, y no se cuelan en su celemín las “sartas de patrañas y embustes” (Longoni dixit y dice bien) que, tratándose de Salamone, en su mayoría ya sabemos dónde (o más bien en quien) tienen su origen.

 

Ocurre que Longoni no puede despojarse de un cierto ethos militante, porque la política ha calado sus huesos, incluso al costo de un exilio. Quizá por eso hay también en estos artículos un manojo de justificadas denuncias morales ante los atropellos y los abandonos que vienen sufriendo tantas obras de Salamone (“ruinas y arruines” dice él… y yo agregaría que, en ambos casos, los resultados y los discursos cosméticos subsiguientes son siempre ruines…). Vale decir, una detonante combinación de inacción gubernamental y de mala praxis patrimonial. 

 

En este punto es indispensable interrogarnos acerca de ¿para qué declaramos, oportunamente, el corpus sustancial de la producción de Salamone en el marco normativo nacional que provee la ley 12.665? ¿Para qué nos tomamos el trabajo de fundamentar, redactar y tramitar el Decreto del PEN nº 1138/2014? Y utilizo la primera persona del plural (“declaramos” y “nos tomamos”), sin jactancia pero con plena deliberación y conciencia de mi rol en el asunto. Porque varios de nosotros nos tomamos muy en serio el caso Salamone.

 

¿Para qué concretamos aquella norma, larga como un papiro alejandrino, que llena varias fojas, firmada por la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner? Entre otras cosas, para lo mismo que se declara cualquier otro bien patrimonial: para sumar a la Nación en el logro de una protección integral y sostenida, que no exime en modo alguno a la Provincia y a los Municipios de esta responsabilidad concurrente, según los términos de la ley vigente.

 

Este propósito no ha sido logrado en plenitud hasta ahora, como Longoni bien lo sabe y lo ha señalado. Los edificios del programa salamoniano han quedado librados al interés aleatorio de las gestiones municipales en cuya jurisdicción se ubiquen. Lo cual no es poco mérito para aquellas comunas que, efectivamente, han ejecutado intervenciones concretas y correctas. En algún tiempo pasado hubo también alguna aportación provincial, maguer su alcance acotado (el Programa Bicentenario y Obra Pública Patrimonial fue un antecedente).

 

Pero el “conjunto” declarado, por esa misma condición sistémica, reclama un plan integral y una coordinación de planeamientos que, con la supervisión de la Comisión Nacional de Monumentos, debería articular la Provincia de Buenos Aires, que fue, en definitiva, el sujeto histórico creador de ese programa de arquitectura oficial y es el territorio dónde se ubican mayormente estos edificios. Admitamos que, de alguna manera, ocho años después de la declaratoria, es hoy el gobierno nacional, desde el MOP, quien ha asumido la iniciativa de solventar las intervenciones a través de un plan ambicioso. Habrá que ver los resultados.

 

Al mismo tiempo es curioso y luce, casi, como un ejemplo de “procastinación” llevada a la agenda gubernamental, el hecho de que la Provincia haya anunciado para 2023 una “muestra itinerante” acerca de Salamone… mientras nos preguntamos si ha avanzado en la imperiosa implementación tuitiva de su propia Ley 12.854, con la consiguiente identificación e inscripción de bienes.

 

No quisiera concluir estas reflexiones sin señalar que hay en este libro otro mérito que, aunque parezca colateral, se halla implícito en la misma construcción del corpus de saberes salamonianos que ha logrado adquirir el autor. Se trata del rescate de los ya mencionados “contornos” de Salamone, de los satélites de ese sistema orbital de la obra pública bonaerense que tuvo a Salamone como núcleo heliocéntrico. Me estoy refiriendo a los personajes epocales que pronunciaron un lenguaje estético parecido, casi igual al de Salamone, o que actuaron profesionalmente implicados en sus proyectos o en concreciones paralelas.

 

Emergen de tal guisa los nombres de Bocazzi, Arenas, Varangot, Migone, López Mendez, Lo Celso, Bogani, Marseillán, Calvetti, Costantini, Sempere, Sirio, Medina Allende, Bagué, Logiácomo o Chiérico.

 

Son, sin duda, astros de menor notoriedad en ese firmamento donde sus trayectorias se cruzan con el fulgor deslumbrante de Salamone. Pero no por ello son de menguada valía, tanto en el campo de la arquitectura, como de la construcción o de la escultura. Y nuestro autor los salva del olvido, los rescata y los “sitúa” en un sistema de producción y ornamentación de edificios públicos cuya concepción y ejecución no podía depender de un solo ingenio o de una sola voluntad de labor.

 

Un más complejo “coral salamoniano” comienza a visibilizarse, detrás del velo que viene descorriendo René Longoni desde hace muchos años, cuando Francisco Salamone era todavía el nombre de una incógnita y sus obras estaban bien lejos de ser estimadas como patrimonio argentino.




VOLKSTRAUERTAG 2022 EN EL CEMENTERIO ALEMÁN


El 13 de noviembre conmemoramos el Volkstrauertag o Día del Duelo Nacional, organizado por la Embajada de la República de Alemania y que tiene como escenario ritual el monumento a los caidos en ambas guerras mundiales en el Cementerio Alemán. La lluvia tan temida esa mañana, cedió su lugar a un cálido sol que irradiaba su luz sobre el paisaje funerario, donde la piedra y el bronce dialogan con la naturaleza, y la historia dialoga con el arte.

A la palabra evocadora del discurso se sumó la palabra lírica de la poesía y la palabra esperanzada de la oración. Y la música se alternó con el tañido de la campaña ceremonial y con el silencio respetuoso.

Actuar como Maestro de Ceremonia es para Oscar Andrés De Masi, a la vez, un honor y un privilegio que se reitera cada año. Gracias a la @ceaba, al @cementerioalemanba y a la @embajadadelarepublicadealemania, por sus gestos de amistad!