Por Oscar Andrés De Masi
Hoy, 12 de diciembre de 2020, Alberto de
Paula hubiera cumplido ochenta y cuatro años. Su vida se agotó a los setenta y
uno. El lapso comprendido entre el 2008 y este año es una incógnita, en medio
de tantas certezas que nos dejó Alberto, el amigo, el maestro.
¿Cuál hubiera sido su producción
científica en estos doce años? Es imposible saberlo. Podemos arriesgar
conjeturas, a partir de los temas que dejó, o bien esbozados, o bien expresados
ante los amigos como proyectos: un libro acerca de las ciudades argentinas, un
libro acerca de la historia de Banfield, un libro integral acerca de la
historia territorial, urbana y arquitectónica de Lomas de Zamora (que viniera a
completar sus anteriores publicaciones, llegando hasta el año 2000,
aproximadamente), un libro acerca de la historia de Monte Grande, una biografía
de don Juan de Zamora, una historia arquitectónica de las Islas Malvinas… Son
apenas rótulos, casi imaginarios, de lo que, suponemos, hubiera sido el cierre
de su ciclo historiográfico. Y quizá tuviera otros temas en su mente.
Pero la paradoja asoma a la puerta de
esta evocación: así como no podemos responder a esa pregunta abierta al
infinito, podemos y debemos, en cambio, comenzar a contestar otros tres
interrogantes, validos de la ventaja de una mirada retrospectiva puesta sobre
un pasado que ya es "su" historia personal: ¿Quién era Alberto S. J.
de Paula? ¿Qué propósito le asignó a su vida? ¿Qué nos dejó?
La respuesta a estas tres preguntas nos
conduce a su biografía, a su vocación y a su legado. En torno de estos tres
temas hay bastante para decir.
¿Quién era? La biografía
En este hijo menor y único varón del
matrimonio De Paula-Villalustre, confluían los linajes lusobrasileños de los
ancestros del padre, junto a los linajes españoles de la madre, nacida en
España y trasplantada tempranamente a la Argentina. Una familia de clase media
burguesa, con raíces inmigratorias e inclinación por la cultura, afincada en
Lomas de Zamora en los comienzos del siglo XX.
La óptica "De Paula", el
negocio paterno, situada en la calle Laprida número 90 (a escasos cincuenta
metros de la estación del Ferrocarril del Sud, luego línea Roca), era un
comercio pionero (el primero, exclusivo en su ramo, en aquella ciudad) y, a la
vez un espacio científico, ya que al ramo de la óptica tradicional sumaba un
"laboratorio piezo-eléctrico". Allí aprendió Alberto, tempranamente,
ese hábito inclinado a la precisión y a la demostración, que es propio de la
ciencia.
Alberto había nacido en Lomas el 12 de
diciembre de 1936, bajo el signo de Sagitario. Ello explica, acaso, la matriz
astral de su carácter que era más bien discreto, su preferencia por la soledad,
su extremada reserva en cuanto a asuntos personales, su talante afable (pero
que podía, en ocasiones, llegar a arranques explosivos, aunque no muy
frecuentes ni muy durables), y su gusto, por momentos irritante, por la ironía
y la contradicción del interlocutor.
Su educación se desarrolló en un ambiente
familiar, como dije, cultivado (la Historia Universal de Ongken fue,
según él mismo me aseguró, su primer contacto narrativo con aquella
disciplina), donde la música y la lectura eran solaces bienvenidos.
Cursó sus estudios en el sistema de la
educación pública, destacándose, por su prestigio, la escuela secundaria: el
Colegio Nacional "Almirante Guillermo Brown" de Adrogué, al cual
llegaba en tren, tras un viaje muy breve, junto con otros dos condiscípulos
lomenses: Bonomi y Gutierrez Walker.
En el Colegio Nacional conoció, en su rol
de profesor, a una de las figuras más influyentes en su formación y posterior
desarrollo como investigador: el arquitecto Mario J. Buschiazzo.
Alberto fue un alumno aplicado y
destacado, con mucho de autodidacta.
La madre le inculcó una fe religiosa
católica romana, apegada a las devociones, que, con un sesgo de practicante,
conservó hasta el final de su vida con remarcable coherencia. Todavía, en ese
año final que fue 2008, seguía concurriendo a la misa dominical, en Buenos
Aires o en la parroquia de Banfield.
Siempre recordaba que, de niño, jugaba a
construir pequeñas casillas o pequeños retablos, donde ubicaba las pequeñas
imágenes de santos y santos que había en la casa.
La militancia católica (concretada en la
Acción Católica de la parroquia de Lomas de Zamora, y, luego, en las luchas
entre la enseñanza "Libre" y la enseñanza "Laica") no ha de
pasarse como un detalle menor. Ya adulto, solía definirse como un
"católico liberal", preocupado por el decoro del espacio sacro (solía
decirme, en broma, que de haber sido ungido Obispo, el lema de su blasón
episcopal hubiera sido aquella frase del Salmo: Si el Señor no edifica la
casa, en vano trabajan los albañiles. ¿Porqué habría elegido ese motto? Y
su respuesta era: por su connotación arquitectónica).
Su temprana monografía acerca de los Templos
rioplatenses no católicos en el Río de la Plata (publicada en tres entregas
de la revista "Anales del Instituto de Arte Americano") revela
aquella afinidad espiritual con las iglesias de rito reformado de matriz
británica (existían y siguen existiendo tres de ellas, de notable identidad y
tradición histórica, en Lomas y en Temperley). Después de cincuenta años, sigue
siendo una obra de consulta mandatoria.
Su iniciativa de incorporar un pastor
evangélico y, a la vez serio historiador (Arnoldo Canclini) al Instituto de
Historia Eclesiástica lomense (co-fundado por De Paula, bajo los auspicios del
obispo Desiderio Collino), opera en esa misma línea de ecumenismo. Su tan
anhelado viaje a Jerusalem, facilitado por Jorge Cohen, y luego, su accidentado
viaje a Roma (donde unos gitanillos lo asaltaron de un modo bizarro,
sepultándolo literalmente bajo cartones) fueron de alguna manera la culminación
de un itinerario espiritual personalísimo, cuya religiosidad se apoyaba más en
la Escritura que en la teología escolástica.
A finales de los años 50s, al tiempo de
ingresar en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires, se
incorporó, como simple empleado, a la sucursal Lomas de Zamora del Banco de la
Provincia de Buenos Aires. Alargaría hasta el fin de sus días la pertenencia a
ambas instituciones. En el caso de la Universidad, como profesor titular por
concurso y como director del Instituto de Arte Americano, que había fundado
Buschiazzo. En el caso del Banco, habiendo alcanzado el rango gerencial en el
escalafón, como "director consulto" del Museo y Archivo "Dr. Arturo
Jauretche".
La fidelización con el Banco y su interés
en los temas de historia bancaria merecen una nota al pie: un antepasado de la
rama paterna había sido, en el siglo XIX, dependiente de la banca Mauá, en
Brasil.
En paralelo con su desempeño en el Banco
y su condición de alumno universitario, se inicia su relación discipular con el
P. Guillermo Furlong S.J. y con el Arq. Mario J. Buschiazzo. En ellos,
reconoció siempre a sus principales maestros.
De esta época datan sus primeros escritos
de arquitectura, enfocados en edificios históricos religiosos (la Capilla de
Belén, los templos de rito reformado y ortodoxo ruso, las iglesia de Lomas de
Zamora y el templo demolido de Adrogué) y, un poco después, su abordaje de la
historia territorial y urbana de Lomas de Zamora (junto a su amigo Ramón
Gutierrez) y de Lanús (con el mismo colega y Graciela Viñuales).
Se graduó como arquitecto, no sin demoras
derivadas del tiempo que le dedicaba a la Acción Católica (para disgusto del
padre, un activo miembro de la masonería en la Capital), en el año 1972. Ya
había acumulado experiencia como investigador en el Instituto de Arte
Americano, bajo aquellas dos tutelas magistrales que antes mencioné. Cabría
añadir a quien fue uno de sus jóvenes docentes en la cátedra de Historia, el
arquitecto Federico Ortiz.
Tras la graduación y a través de los
años, comienza a tomar dinamismo su carrera académica, como profesor en la UBA,
en Mar del Plata, en la Universidad de Belgrano (brevemente) y en la
Universidad Nacional de Lomas de Zamora. También aumentó su participación en
congresos y jornadas científicas.
Dotado del arte del buen decir en público
(no sin pizca de manierismo en el estilo), consolidó, además, un perfil de
conferencista riguroso, ameno y didáctico (apoyado en la proyección de
abundantes diapositivas), y una agenda de viajero estudioso, en el país y en el
exterior, registrando con dos cámaras (como era su costumbre: una cargada con
película de diapositivas, y la otra con rollo para soporte papel) sitios y
edificios. Su colección fotográfica puede estimarse, grosso modo, en
unos 20.000 ejemplares, incluyendo tomas irrepetibles, como aquellas que obtuvo
en las islas Malvinas, antes de 1982.
En 1981, cuando las autoridades de la
Universidad Nacional de Lomas de Zamora (entre quienes se contaban sus amigos
de la militancia católica Carlos Pesado Palmieri y Enrique Bonomí, y su amigo
masón Nestor Onsari) impulsaron la creación del Centro de Estudios Regionales,
vieron con naturalidad que él lo dirigiera. A esa altura, ya orlaba su nombre
el nimbo de primus ínter pares, el principal de los historiadores de la
comarca sur del Riachuelo.
Una camada de jóvenes investigadores
regionales y locales -entre quienes se contaba el autor de esta evocación- se
formó en la historia comarcal, a través de aquella experiencia fascinante. Algo
similar ocurrió un poco después, al confiársele la organización (junto al Pbro.
Roberto Gonzalez Raeta) y la presidencia del Instituto Histórico Diocesano de
Lomas de Zamora.
Ya en los años 90s fue designado
presidente de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina e ingresó como
miembro correspondiente en la Academia Nacional de la Historia. Sus últimos
cargos directivos, que ejerció hasta su fallecimiento, fueron la dirección del
Instituto de Arte Americano, la presidencia de la Junta de Historia
Eclesiástica Argentina, la presidencia de la Comisión Nacional de Monumentos y
Lugares Históricos y la dirección en carácter de "consulto" del Museo
Jauretche.
También, había logrado su plena
pertenencia al sistema científico estatal del CONICET. Era, además, miembro de
ICOMOS y docente en la subsede Gendarmería Nacional de la Universidad Católica
de Salta. A edad madura, obtuvo su doctorado en la Universidad del Salvador.
La biografía, así de sucinta, de Alberto
de Paula, revela una trayectoria marcada por el esfuerzo y la contracción al
trabajo, el cabal cumplimiento de sus responsabilidades, el estudio, la
investigación y la transmisión de saberes. Valga el dato de que concurrió a
cumplir tareas en su oficina del Museo Jauretche hasta el día anterior a su
fallecimiento, retirándose, como cada viernes. Y que corrigió uno de sus libros
póstumos una semana antes del cese de su vida.
Esa muerte repentina, fulminante, sin
anuncio, no carece de metáfora: ocurrió en el porche de su casa de la calle
Capello nº 5, en Banfield, al regresar de la Capital, para pasar el fin de
semana en su pago suburbano.
Se fue con la cadencia inerte y
silenciosa de una tarde otoñal. Su última mirada de las cosas de este mundo,
recayó sobre la puerta de su propia morada (como quien retorna de un corto
viaje, para emprender otro más largo, o como quien se dispone a trasponer un
portal irreversible) y sobre ese paisaje suburbano (tapizado de adoquines y
salpicado de plátanos y de tilos), que tanto nos animó a redescubrir y a
resignificar. Y al decir "tanto", quiero decir que lo hizo como nadie
antes, aunando la inteligencia aguda y la mirada certera, a una palabra
magisterial y a un corazón identitario. En su caso, palpitó hasta el final, con
el apego que despiertan los lugares con memorias.
Su existir en este mundo duró 71 años: la
aventura que comenzó en aquellas Lomas todavía apacibles de 1936, concluyó para
Alberto ese 10 de mayo de 2008, con el último rayo de sol del día. Pero, esa historia,
para él consumada definitivamente, no concluyó para nosotros, sus amigos y
discípulos. Porque su vocación y su legado nos siguen interpelando.
¿Qué se propuso? La vocación
Aquel niño prolijo y curioso que en un
rincón de su casa, en los altos de Laprida 90, tomó en sus manos, por primera
vez, los tomos bien encuadernados de la Historia Universal de Ongken,
aunque ignoraba los detalles de la obra y la erudición de su autor, definió en
el misterio de aquel acto fascinante (como cabe en toda epifanía) su
principal inclinación: la Historia.
Pero, como su personalidad era
polifacética, supo cultivar también disciplinas afines y conexas con la
Historia: la Geografía, la Arquitectura, la Geometría, la Estética de las
Bellas Artes, la Religión, el Derecho, la Economía, la Genealogía (recuérdese
su afición por los almanaques Gotha), el Patrimonio Cultural en sus
aspectos materiales e inmateriales, la Filatelia, la Numismática etcétera.
Emparejó sus diversos focos de estudio con
gustos y destrezas instrumentales como lector, como dibujante, como cartógrafo
de sus propios trabajos, como melómano, como coleccionista, y como fotógrafo al
servicio de sus clases.
Si hubiera que sintetizar su vocación,
podría decirse, lisa y llanamente, que era el estudio, el estudio paciente y
constante, el estudio expresado en la bella resonancia de la palabra latina y
humanista: studio.
Su vida, por momentos casi monacal, fue
una consagración al estudio, con nulas concesiones a pasatiempos ociosos o
rituales frívolos (recuerdo, allá por el año 2000, haberlo invitado al cine a
ver la película Gladiador….¡y se quedó dormido en la butaca!, aunque
insistía en negarlo).
A su pequeño departamento porteño, en la
calle Maipú, lo había transformado en un gabinete de trabajo casi
autosuficiente, un verdadero studiolo (aunque sin los rebusques del
gabinete del duque de Urbino), dotado de biblioteca, archivo documental
y fotográfico, mapoteca, soporte informático, CDs, TV, Radio, telefonía y
abundante provisión de papelería y útiles.
Hablando de la forma mentís de
Alberto de Paula, salta inmediatamente a la vista su detallismo, su gusto por
el procedimiento minucioso que nos recuerda el modo en que el poeta romano
Virgilio ponderaba el trabajo de las abejas: in tenue labor… hasta en el
menor detalle…
No denotaba, en modo alguno, la cualidad
del exceso. Antes bien, se regodeaba en la filigrana tenue del detalle, sea
cual fuere. Diría que, en su caso, era riguroso porque era minucioso. Su
pensamiento y su método respondían al modelo científico, antes que a la matriz
filosófica o literaria.
Presidía sus operaciones intelectuales un
hábito siempre inclinado a la demostración, donde, como dije al comienzo, el
ambiente de aquella óptica y laboratorio paterno mucho hubo de aportar. De
hecho, Alberto conservó varios de los minúsculos instrumentos de precisión,
cristales sin cortar y hasta cuarzos en
bruto.
Ese gusto por la exactitud podía
conducirlo, a veces, a extremos de odioso contradictor, desplegando una ironía cercana
al cinismo. Pero este rasgo no era en él ni una agresividad calculada, ni un
móvil narcisista ni una infatuación, sino, tal vez, el herramental dialéctico
de un temperamento que podía tener arranques de capricho infantil (su sentido
del humor también tenía algo de infantil), pero que nunca sería mezquino ni
mucho menos avieso. Eran precisamente éso: arranques, que venían cada tanto y
duraban poco. Todos hemos sido testigos de alguno de ellos. Pero una vez
pasados, volvía a su habitual talante, colmado de amabilidad y generosidad. En
otras palabras, podríamos haber dicho, como Belisario Roldán ante la tumba de
Mitre, "Sobre todo y ante todo, eras bueno…". Alberto era
"bueno por naturaleza", como alguna vez lo definió Julio
Cacciatore. Lo cual no equivale a decir que fuera perfecto. Al fin y al cabo,
era humano.
Al multiplicarse en distintas
instituciones oficiales, sus móviles fueron marcadamente patrióticos y
constructivos. Recuerdo que una vez nos dijo, a Juan Martín Repetto y a mi, a
propósito de un fulano que compartía tareas con nosotros: -Hay algunos
funcionarios que sirven a las instituciones, y hay otros que vienen a servirse de
las instituciones- Y ponía como ejemplos virtuosos de los primeros a
Levene, a Udaondo, a Buschiazzo, y a Carlos Duchini, entre otros.
Bregaba por la consolidación de ámbitos
científicos y de gestión pluralista, serios y, a la vez, cordiales. Con
Alberto, todos tenían una oportunidad.
Este sentido de construcción
institucional quizá fue la razón por la cual no emigró fuera de la Argentina
(pudiendo hacerlo con las facilidades de su soltería), sin que germinara en él
la semilla de la culpa por no haber tomado el rumbo del exilio; ni mucho menos
rumiaba las frustraciones rabiosas a que pudiera haberlo sometido su propio
país. Y aunque ciertas injusticias le dolían, no estaba en su naturaleza el
revanchismo. Solía repetir una frase que le había dicho el obispo Alejandro
Schell: -Acostúmbrate a lidiar con el egoísmo del prójimo, no con su
generosidad-
Sin duda, era consciente -y en privado lo
admitía- de las mayores comodidades de que hubiera disfrutado, por ejemplo, en
España, trabajando sin los apuros económicos de un intelectual pluriempleado, y
publicando sus trabajos con mayor fluidez (no en vano, fundamos juntos, en
2006, la modesta y fugaz editorial Eustylos, para disponer de un catálogo
propio).
Pero no abrigaba resentimientos de
ninguna especie. Al contrario, diría yo que el estudio y la enseñanza de la
historia argentina era el mejor tributo con el cual le pagaba a su patria: esa
patria que él prefería recordar como recostada sobre un pasado de grandeza, ese
país "ideal" jalonado por glorias pretéritas que debían inspirar
algún género de superación colectiva. Su esperanza era el porvenir. No veía en
el presente motivos de jactancia.
En este punto, la actitud de Alberto nos
remite a la frase de Humboldt, citada por Goethe a propósito de Winckelmann: "A
cierta distancia, en el pasado y alejado de la realidad cotidiana, solamente
así debería aparecer ante nosotros el Mundo Antiguo…
Nur aus der Ferne… a cierta distancia… De tal guisa se
recortaba la Argentina, ante los ojos de Alberto, con la objetividad de ese
gran hallazgo visual que es la perspectiva. Pero, para preservar la distancia,
para observar con la debida perspectiva, no necesitó emigrar, porque la
distancia en juego era histórica, antes que física.
Otra nota que merece destacarse en su
caso fue el recíproco dinamismo entre el "generalista" y el
"especialista". Quiero significar con ello que su amplio panorama
abarcativo, cinemascópico, no fue
anulado ni malversado con la estrechez focal del especialista, sino, y
viceversa, que su "especialismo" jamás empobreció la riqueza
enciclopédica (vale decir, etimológicamente, "circular") de su cultura.
Y ello quedaba muy de manifiesto, más que en sus escritos científicos,
constreñidos por lo específico, en sus conversaciones multidireccionales. Otros
amigos y amigas coincidirán, seguramente en este punto: aquellos diálogos
fueron un privilegio.
¿Qué nos dejó? El legado
¿Es prematura ésta pregunta? ¿Hemos de
enunciar la respuesta, urgidos por el interrogante? ¿Tanta es la sensación de
orfandad que su ausencia nos había provocado, que buscamos perentoriamente
asirnos de algo más sólido que el solo recuerdo, y que podamos designar como
"su legado"? ¿Disponemos de suficiente perspectiva para medir,
pesar y contar su producción?
A menudo, en estos doce años, me han
salido al cruce estas cuestiones. Y más de una vez he pensado que, quizá, el
afecto, la admiración y el agradecimiento, que tantos de nosotros profesamos
hacia Alberto en vida, podrían conducirnos a un punto donde fuera imposible
escindir tales sentimientos de un juicio objetivo póstumo. ¿No es, pues,
recomendable una epogé, una suspensión temporaria del juicio de la
razón? Aún con este escrúpulo, mi convicción fue, casi desde el momento mismo
de su muerte, que ya la balanza de su legado estaba inclinada a una
ponderación, si bien provisoria entonces, bastante cercana a la inerrancia. Con
el paso de los años, aquella impresión se ha consolidado en el ánimo de muchos
de sus discípulos. Porque, sin duda, él hizo escuela.
Entre 1954 y 2003, inventarió en su
curriculum vitae 294 publicaciones, 28 trabajos inéditos (luego publicados) y
150 conferencias. Pero el registro queda incompleto a causa de los últimos
cinco años. Además, existen las decenas de miles de fichas que él confeccionaba
con caligrafía de iluminador de códices y cuyo contenido podría dar lugar a
trabajos con relativa autonomía. Y existen también sus conferencias, muy pocas
de las cuales han sido transcriptas: la mayoría permanece esbozada en apuntes
que utilizó como ayuda memoria o, simplemente, fueron palabras que desparramó
el viento porque nadie las grabó.
¿Qué nos enseñó De Paula, en definitiva,
a aquellos que enfilamos nuestros pasos hacia la investigación histórica en el
marco de un paradigma heurístico?
Nos enseñó el valor del detalle, el
método minucioso para alcanzar saberes rigurosos. Ya he mencionado este
aspecto. Y aún sin ánimo de ser reiterativo, se me antoja que tan intenso, que
tan marcado está en el desarrollo intelectual y en el ejercicio de las
destrezas de Alberto, que fuerza es repetirlo. Cualquier operación, hasta la
prosaica anotación en la agenda, la revestía del pulchrum de la
minuciosidad, aquella cualidad de "parsimonia de los antiguos" que
acuñó Montaigne.
Nos recordó, asimismo, el valor
inagotable de las fuentes, como base documental de toda investigación seria.
Era, sin duda, la herencia epistémica de Furlong y de Buschiazzo. Tanto las
fuentes de archivos, como las fuentes periodísticas o la cita bibliográfica.
Nos demostró de qué modo la historia
local, regional y comarcal (en todos sus aspectos: territorial, urbano,
político, religioso, económico, social, estético etcétera) advienen como
eslabones en la cadena de sentidos de una "gran" historia nacional.
Porque, para él, "todo" era historia y porque en "lo local"
hunde primariamente sus raíces cualquier búsqueda identitaria.
Esa escala regional e incluso comarcal la
expresaba con el frecuente uso de conceptos tales como el pago, el partido, las
suertes, las mercedes, los curatos, el ejido, los poblados. De esta manera,
superaba con creces los límites administrativos-jurídicos que desde finales del
siglo XIX y comienzos del XX constriñen a los territorios históricos.
De lo anterior se sigue la referencia
geográfica previa, su atención propedéutica al medio físico donde ha de
transcurrir la historia poblacional, el asiento humano y su impronta de
cultura. Complementariamente, De Paula
dibujaba su cartografía al ritmo lineal de la lectura de los documentos.
Trasladaba a cartas, mapas, croquis y planos, el contenido textual de aquellas
cesiones de mercedes de tierras y de aquellas escribanías antiguas, dando
lugar, mediante la interpretación gráfica, a la representación cierta de
polígonos bien demarcados, colindantes unos con otros o limitados por ríos y
arroyos. Hizo la tarea más difícil y, en adelante, fuimos sus copistas.
Nos enseñó a buscar, detrás de las obras
de arquitectura, grandes o pequeñas, públicas o privadas, a sus autores, ya
fueran arquitectos, alarifes, ingenieros o modestos pero diestros albañiles.
Para Alberto no había edificios anónimos, aunque sus autores estuvieran
invisibilizados. De ahí, nuevamente, la base documental necesaria para abordar
estos temas.
Finalmente, nos enseñó a mirar, a
redescubrir, a resemantziar con los ojos del presente, el patrimonio edificado
de nuestro propio territorio. Se trata, tanto de ese patrimonio eminente y con
apetencias de representación (un palacio municipal, un templo, una escuela, un
hospital) como del patrimonio cotidiano que nos sale al paso en una vuelta a la
manzana. La escala no era óbice para la ponderación, aplicando la misma regla y
medida de rigurosidad y aprecio al objeto. Y los detalles eran motivo de
atención: un pain de bois, una crestería, un capitel, un aldabón. Para
Alberto, el todo y las partes eran las dos invariantes del mismo fenómeno. Pero
las partes debían ser desmembradas ante el microscopio. De ahí que su método
guardara simetrías con los procedimientos de análisis entomológico, químico o
botánico.
Así aprendimos a mirar la arquitectura de
nuestras ciudades, pueblos y barrios. Y a percatarnos de que, detrás de aquellos
edificios que dábamos por sentado que siempre estuvieron allí, hubo una
voluntad de forma como la llamaría Riegl, sin duda, pero más aún, hubo una
voluntad de dejar la huella honorable de la cultura alcanzada y de una
excelencia posible (hoy perdida) cifrada en la sentencia que le oyó pronunciar
tantas a veces a Furlong (y que él nos repetía): -¡Oh los pueblos cultos!…- Cuando
Alberto repetía la exclamación del viejo jesuita, lo hacía con la conciencia
trágica de la pérdida, porque siempre supo (y nos lo advirtió) que todo
patrimonio edificado es un eslabón vulnerable en la cadena de nuestra
identidad.
Quizá allí esté condensada su lección
definitiva: que si la excelencia es posible, entonces la memoria de los logros
colectivos del pasado será, tarde o temprano, la agenda ineludible del futuro;
y que la preservación de la herencia de nuestros mayores (plasmada en obras
bellas y bien hechas, y en instituciones comunitarias duraderas) sigue siendo
el compromiso ético que nuestra generación ha contraído con la posteridad.
Nacemos, pues, con ese deber infuso que
Alberto S. J. de Paula se empeñó en cumplir casi como un mandato evangélico, en
la medida de sus fuerzas físicas, intelectuales y morales.